La derrota anunciada del PRI

Si en algunos de sus rasgos las circunstancias por las que transitó en su precampaña José Antonio Meade Kuribreña, son similares o peores a las que en 1994 malograron la candidatura de Luis Donaldo Colosio, el desenlace del 1 de julio puede ser semejante o aun más casatrófico que el sufrió el año 2000 Francisco Labastida Ochoa.

Por la situación en la que subsiste el PRI y el poco impacto de la precampaña para consolidar su nominación por el Frente por México, dejando de lado filias y fobias, se puede sugerir que la candidatura formal en gestación de Meade pasa por lo que clínicamente se puede diagnosticar como estado crítico.

Hay que ver también aquí en Sinaloa y en otros estados del país, el armazón de las candidaturas a diputados federales y al Senado de la República, todo un ejército de perdedores, para emitir diagnósticos y prospecciones nada favorables para el PRI.

En 1994, Carlos Salinas de Gortari tenía la unidad de mando tanto en su gabinete como en el PRI, lo que le permitió superar el trauma del asesinato de Colosio, y armar el triunfo de Ernesto Zedillo Ponce de León.

El propio Zedillo, que desde el inicio de su mandato hizo visible su enemistad con el partido que lo abanderó, operó la sucesión presidencial de 2000 de modo que el PRI entregara sin resistencias la banda presidencial al PAN en la persona de Vicente Fox, lo que le granjeó la imagen de “Presidente democrático”.

Salinas, después del remesón de 1988, recuperó su línea de flotación en las elecciones federales intermedias de 1991. Zedillo por su parte, desde la elección de diputados federales y algunos gobernadores en 1997, envió claras señales de que era simpatizante de la transición democrática.

No es el caso de Enrique Peña Nieto, quien carga con el lastre de una caída libre en el registro de votación del PRI, su propia imagen personal pasa por negativos sin precedente en el caso de un  presidente de la República y su condición de “fiel de la balanza” en la nominación de candidato a su sucesión fue perturbada por los signos de un golpe de timón.

Bien. No es casual que 48 horas después de que en el otoño pasado Peña Nieto al tratar de disuadir a los especuladores sobre la candidatura tricolor, afirmando que el sucesor no sería designado por aplausos, aclamaciones o encuestas, el canciller Luis Videgaray haya dado el campanazo haciendo el tácito destape de Meade.

El PRI mismo, bajo la conducción de Enrique Ochoa Reza, desde la asamblea nacional de agosto hizo malabares estatutarios y huecas justificaciones para convencer a la militancia de que la única opción sería la de un candidato externo, para el caso el entonces secretario de Hacienda, arropado con la calidad de “simpatizante”.

Pasado el trago amargo del destape poco aseado, Peña Nieto pretendió controlar el posicionamiento electoral de Meade, metiéndole de cuña a Aurelio Nuño Mayer como coordinador de la campaña. La apuesta, hasta hoy, ha resultado en números rojos. El precandidato no logra remontar el tercero, acaso cuarto lugar, entre los beligerantes mejor colocados en encuestas sobre la intención del voto.

En ese cuadro, acentuado por los resultados de las precampañas, el imaginario colectivo coloca a Peña Nieto presionado por una camisa de fuerza. ¿Y si Meade “no levanta” en la campaña que arranca después del 29 de marzo? Es absolutamente probable que la operación final se incline por la opción del candidato en firme de Por México al Frente, Ricardo Anaya Cortés.

El expediente histórico es revelador: En la ofensiva de 2004-2006 para la sucesión de Fox, el grupo mexiquense combatió en dos pistas: En el interior del PRI, contra Roberto Madrazo; hacia el exterior, contra Manuel Andrés López Obrador.

En ambas vertientes el operador fue el entonces gobernador del estado de México, Arturo Montiel Rojas. Si Salinas de Gortari coordinó la ofensiva contra el tabasqueño, en el financiamiento de la misma Montiel Rojas fue uno de los principales donantes.

Entonces, Peña Nieto, pariente, dicho sea de paso, de Montiel Rojas, era diputado local y coordinador de la bancada tricolor en el Congreso mexiquense.

Parecía Peña Nieto una figura de tercer nivel, pero en enero de 2004, Salinas de Gortari murmuró al oído de uno de los agentes “del complot”, Carlos Ahumada contra López Obrador: “Es un político joven, brillante y con mucho futuro…”.

En los siguientes episodios, los nombres de Montiel Rojas y su sobrino aparecen ligados. El tío lo nombró delfín para su sucesión en la gubernatura en 2005, plataforma que le sirvió para el lanzamiento a Los Pinos, después de haber pasado sobre la segunda campaña de López Obrador.

Para el peñismo, un  “regreso al pasado” es indeseable. Por eso, desde que llegó Ochoa Reza a la dirigencia nacional del PRI la muletilla contra el tabasqueño Manuel López Obrrador es la de la “oscura caverna del populismo”. Esta figura retórica describe el tamaño del propósito de darle continuidad a las “reformas transformadoras” y aplicar un “Plan B” frente a las expectativas decrecientes de Meade.

Razones sobran para sospechar de ese “Plan B”: No es casual, ni gratuito, que el PRI se haya ocupado de reclutar cuadros panistas para la precampaña del ex secretario de Hacienda.

Aunque el suceso más resonante fue el del ingreso de Javier Lozano Alarcón en el staf tricolor, no es menos importante la presencia de la comunicadora Alejandra Sota. Cada uno llegó al PRI con su fauna de acompañamiento. Después de todo, Meade ocupó dos carteras en el gabinete de la segunda presidencia del PAN.

Ese es el dato visible, pero será después de los resultados de julio cuando se esclarezca si esos azules no se integraron al PRI como “caballos de Troya”.

El lunes, en privado, Peña Nieto tuvo en Los Pinos una reunión -la segunda en dos semanas- con los gabinetes legal y ampliado. Hay que revisar la fotografía: La mayoría, suplentes o enrocados.

Al margen de esa imagen poco gratificante, es el mensaje del Presidente lo que vale subrayar: Calificó de irracional el enojo social por los resultados de su gestión. Emplear esa tipificación tiene un trasfondo: El enojo social se expresa invariablemente en el voto de castigo contra el partido en el poder. Es lo que teme el mexiquense, y con justa razón, si leemos la situación del PRI en el escenario político-electoral del país, de lo que se deduce una potencial derrota el 1 de julio.

Política, territorial y demográficamente el PRI está en la estacada: No lo pongamos contra Morena, que en tres años tiene más posicionamientos mediáticos que resultados en el ejercicio del poder. El PRI es desafiado por la alianza Por México al Frente.

El dato central es que el listado nominal a febrero del Registro Federal de Electores tendrá poco más de 88 millones de potenciales votantes.

El frente, a nivel nacional (de esto se trata la radiografía) opera con el Partido Acción Nacional, Partido de la Revolución Mexicana y Movimiento Ciudadano.

En conjunto, las tres formaciones ejercen gobierno sobre territorios donde habitan 42 millones 116 mil electores. Preciso es subrayar: Electores, en 16 de las 32 entidades federativas.

Desde otra perspectiva, en el nivel municipal, donde tienen más fuerza las bases sociales, los partidos del frente gobiernan 807 municipios con una densidad poblacional de casi 51 millones de habitantes.

Desde otro ángulo: En las elecciones federales intermedias de 2015, los ahora frentistas se alzaron con un total de 15 millones 147 mil votos, que le dieron una ganancia de 99 de los 300 distritos jugados por mayoría. En números relativos, en aquel proceso acumularon el 38 por ciento de la votación válida, frente al 43.15 del PRI y sus aliados Partido Verde Ecologista de México y Nueva Alianza. El diferencial entre ambas fuerzas es apenas de un 6 por ciento.

De acuerdo con la ecuación territorio-potencial de votantes para 2018, Por México al Frente domina actualmente la Ciudad de México (7 millones 466 mil potenciales electores) Veracruz (5 millones 633 mil) Puebla (4 millones 349 mil), Guanajuato (4 millones 251 mil), Michoacán (3 millones 337 mil) Les siguen en orden de importancia Chihuahua, Baja California y Tamaulipas, por arriba de los 2 millones 500 mil.

Con registros menores estarían Tabasco, Querétaro, Quintana Roo,  Morelos, pero el mapa comprende también Durango, Baja California Sur, Aguascalientes y Nayarit. Y ahora Sinaloa con la incorporación al proyecto estatal y nacional del Partido Sinaloense, segunda fuerza electoral en este territorio.

El PRI con sus aliados predominan en enclaves como un inestable e incierto Estado de México. Fuera de eso, Guerrero, Coahuila, Yucatán, Colima, Tlaxcala, San Luis Potosí, Hidalgo, no aportan un caudal de votos suficientes para lograr triunfos incontrovertidos a nivel federal. En Chiapas, PRI y Verde andan a la greña.

Sólo para dar una idea del reto del PRI para este año: En 2018 hay cambio de gobernador en nueve entidades federales. Para asegurar el respaldo en la punga por la Presidencia, el PRI necesitaría recuperar 21 millones de votos en esos estados. Está en chino.

Contra el PRI reman además los dirigentes de los comités estatales: Les importa menos que un comino José Antonio Meade, porque su interés prioritario es avanzar con las candidaturas a los gobiernos de los estados y al Congreso de la Unión.

¿Qué sentido práctico tiene la numeralia anterior? El argumento de que el eventual triunfo de José Antonio Meade es, desde donde se le mire, inverosímil. Por el contrario, anticipar la victoria de Ricardo Anaya tiene estatus de verosímil.

Sobre Meade se cierne el Síndrome de Francisco Labastida, que fue también titular de tres secretarías del gabinete presidencial y gobernador de Sinaloa. No le alcanzó el escalafón. Y eso que profesaba su fe priista. Suele ocurrir.

Álvaro Aragón Ayala

Conductor del programa de radio Ruta Mexico y analista politico en Radio UAS, Diario de Sinaloa y Director Ejecutivo de Proyecto 3.