Encrucijada de Meade y su deslinde de Peña

Equilibrista que no arriesga, en peligro. El precandidato presidencial del PRI omite en su discurso toda crítica al presidente Enrique Peña Nieto y al gobierno del que formó parte, a pesar de ir contra la opinión nacional mayoritaria. Y está pagando las consecuencias porque no avanza en las preferencias electorales.

La condición de “ciudadano” en precampaña no convence a los verdaderos ciudadanos porque éstos observan lo que oculta el falso disfraz de José Antonio Meade Kuribreña, un promotor del continuismo de la crisis, un solapador en evidencia, incluso cómplice, de los peores daños que ha sufrido México en el presente sexenio con la corrupción, la inseguridad, la impunidad y el crecimiento de la pobreza. Sabe que si golpea el pesebre puede perder todo, como Colosio y Josefina, y prefiere la tibieza de Zedillo.

Es equilibrista en peligro porque el ex funcionario de regímenes del PAN y del PRI, trata, sin conseguirlo, de mostrarse distante y ajeno al gobernante y a su partido. No basta parecer, sino ser. No se lo dicen o no asimila.

Meade necesita más que un disfraz: para no rezagarse de López y de Anaya, le urge reconocer las lacras del gobierno al que perteneció y declarar descarnadamente lo que hará contra los corruptos y la legión de ineptos que han fracaso en las estrategias de anticorrupción, seguridad y en la vuelta al imperio de la ley.

Pero, de dar ese paso contra el PRI, deberá asumir el riesgo de perder el apoyo del recalcitrante núcleo tricolor tradicional, que sigue siendo el más decisivo del país, como se vio en el Estado de México.

A lo más que se ha atrevido Meade es a culpar a los gobernadores panistas del crecimiento de la violencia en sus estados, sin mencionar que la causa de fondo es el esquema que implantó Enrique Peña Nieto al encargar la seguridad pública a la Secretaría de Gobernación. Acaba de hacer leña de Javier Duarte, sin aceptar que siguen en activo muchos otros Duartes.

El tema de la corrupción baja la voz del precandidato, que sólo ofrece tibiamente transparencia en el gobierno, sin hablar del necesario juicio y castigo a los saqueadores en todos los niveles del servicio público.

NO MENCIONA A EPN, SIENDO REALIDAD QUE NO PUEDE IGNORAR

En los 27 días de precampaña, del 14 de diciembre al 9 de enero, el único aspirante a la candidatura priista se ha cuidado de no mencionar en sus discursos al presidente Enrique Peña Nieto. Ni para bien ni para mal. Como si no fuera un factor decisivo en las tragedias que vive la república bajo su mandato.

Es una distancia aparente, mentirosa, que no esconde la pertenencia política del ex secretario en tres áreas claves del gobierno entrado en su último año.

Meade no se atreve a criticar lo obvio, ni del presidente ni de los gobernadores priistas, como lo ha observado el analista Raymundo Riva Palacio, quien recuerda que apenas en 2012 la candidata Josefina Vázquez Mota pagó caro la osadía de presentarse como “diferente” de Felipe Calderón Hinojosa.

Esto marca el rumbo del proyecto priista hacia un resultado que no es favorable para el partido en Los Pinos.

Meade no engaña a la opinión pública nacional, que lo mira como un político que trata de negar su procedencia priista porque esta marca es identidad de corrupción y, lo peor, de corrupción que no se castiga.

El antifaz de ciudadano para nada sirve en su muestreo como un funcionario que trata de no parecerse a los miembros del gobierno priista, pero que no tuvo habilidad para seguir lejos de lo más devaluado de las estructuras priistas, los líderes sectoriales de CNC, CTM Y CNOP.

SIN ESTRATEGIA PARA ENFRENTAR EL REPUDIO MAYORITARIO A EPN

Enfrascado en la lucha perdida contra el lastre que representa el PRI y su secuela de ineptitudes y con capacidad sólo para desplegar la corrupción, Meade busca otros caminos que, sin embargo, llevan al suicidio político.

Como lo escribió el semanario británico The Economist, en diciembre pasado, la peor carga que arrastra el precandidato presidencial priista es el repudio de los mexicanos al balance que ofrece el gobierno de Enrique Peña Nieto.

El reto lo vence porque el discurso suave y etéreo no es suficiente para aplacar el hartazgo generalizado y que sólo consigue convencer al elector de que, a pesar de la poco convincente apariencia de no ser de “los mismos”, por lo menos es cómplice omiso de la corrupción. Y, el no hacer y ser pasivo es también una práctica corrupta.

El voto “duro” del partido no alcanza a compensar el rechazo de la mayoría del pueblo, que podrá manifestarse en las urnas.

Consciente de esa realidad que presagia derrota, el “ciudadano” Meade trata de deslindarse lo más posible del PRI y del presidente de la república, sin llegar a denunciarlos por los males que han volcado sobre el país y hacer suyo el sentimiento de la gente.

Dice el medio británico que, en esa ruta de incertidumbre, Meade se esfuerza por atraer votos de simpatizantes del Partido Acción Nacional, para sumarlos a los priistas. Es un intento velado, cauteloso aún, por el temor a que lo ganado con los azules se pierda con los tricolores.

En el trasfondo de este escenario para una obra que podría llamarse “la hora en que el pueblo cobra facturas al PRI”, está el escándalo del desvío de 250 millones de pesos de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público al PRI, en la era de Luis Videgaray Caso en aquella dependencia, para apoyar a Manlio Fabio Beltrones en las campañas del 2016 en varios estados de riesgo para el partido, entre ellos Sinaloa, algo que está por investigarse a fondo.

Demasiada carga para los hombros del precandidato que ofrece perpetuar el sistema que la ciudadanía repudia.