El Patriarca Cañero

Salvador Esquer Apodaca, en sus tiempos de dirigente máximo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Azucarera, fue una especie de patriarca que destacó por su generosidad, humildad y trato humanitario a propios y extraños, privilegiando siempre a sus representados.

Fue un político muy querido, que imponía respeto. Pero sobre todo sabía cumplir su palabra .Por algo fue varias veces diputado federal, Senador de la República y reelegido varias veces como cabeza de ese organismo sindical.

Durante su gestión se  lograron importantes conquistas laborales que mejoraron la calidad de vida de los obreros, pero que lamentablemente fueron anulándose con el resquebrajamiento de la industria y del propio sindicato.

Fue tan generoso que algunos de sus  amigos más cercanos abusaban de su confianza.

Uno de sus allegados, Miguel Ángel Orduño, ex obrero del ingenio azucarero de Los Mochis, con imagen de líder combativo, que no callaba ni sus verdades, tenía prácticamente derecho de picaporte con el dirigente del entonces poderoso organismo sindical.

Miguel Ángel sabía que el viejo Salvador lo tenía en gran estima porque valoraba y reconocía su capacidad para resolver conflictos que surgían en los diversos ingenios azucareros del país. Para eso no había en el equipo de Esquer quien lo rebasara. Por eso era muy dadivoso con él.

Bueno para el discurso lisonjero, el mochitense no desaprovechaba para exaltar las cualidades del líder nacional, lo que  lo halagaba.

En una ocasión Orduño,  llegó al edificio del citado sindicato, dirigiéndose a las oficinas del líder, atestadas de trabajadores, que hacían fila en espera de ser recibidos por el jerarca sindical.

LLegó ante la secretaria y le ordenó secamente:

—Dígale a Salvador que quiero verlo.

De inmediato fue recibido por el dirigente, ante el visible malestar y coraje de los trabajadores que tenían horas haciendo cola.

Ya ante Esquer, Orduño, un tipo de alta estatura y con un vozarrón que apantallaba a cualquiera, le dijo:

—No me agradezcas la visita, Salvador. Quiero para empezar que me regales unas botas de piel de avestruz, como esas que tanto luces.

Salvador aplasta un botón y aparece su secretario particular Pepe Esquer, a quien le ordena:

—Pepe, llévalo con quien me surte estas botas…

Miguel lo interrumpe:

—Oye Salvador, quiero también, para que haga juego con las botas, un traje igual como el que vistes…

Ya con la paciencia a punto de reventar, accede:

—Dale lo que pide, Pepe…

No conforme con eso, Orduño sacó su cartera, vacía por cierto, y mostrándosela al guía moral de los azucareros, le pidió:

—Todo eso que me regalaste de nada sirve sin dinero. Y para que me hagas el favor completo échale dinero a mi cartera. Acuérdate que la amistad se refleja en la billetera….jajajaja!!

Todavía, antes de despedirse, le dice:

—No quiero abusar más de ti, Salvador. Aquí, José Ángel—Arredondo—, que viene acompañándome, también necesita un recurso, Así que apoquina, al cabo eres el líder del sindicato más fuerte del país…jajajaja!

Así de bueno y tolerante era Esquer Apodaca.

Miguel Ángel prestó valiosos servicios al Sindicato azucarero como operador político, cuya capacidad para conciliar intereses y resolver conflictos en el seno sindical, era reconocida por el  viejo  Salvador.

Por eso era el trato privilegiado que le daban.

En otra ocasión  don Salvador visitó Los Mochis. Vino a presidir una reunión con los trabajadores de la sección Doce, en el marco del proceso para la designación de la nueva directiva  sindical.

Competían en este proceso dos planillas: la verde y la roja. Salvador, por abajo del agua, apoyaba la verde.

Los cabecillas de la planilla roja convencieron a Miguel Ángel Orduño para que fuera el promotor principal de esa corriente política, a sabiendas de que éste era  gente leal a Esquer Apodaca.

En esa reunión, Orduño pronunció un discurso incendiario, llevándose entre las patas a su amigo Salvador, a quien puso como palo de gallinero, alegando  que como dirigente le había quedado a deber a los trabajadores.

Molesto, con el rostro desencajado, por aquella felonía, Esquer abandonó la reunión.

Al otro día, muy temprano, Orduño se presentó como si nada ante Salvador, en momentos en que éste desayunaba con varios  amigos y compañeros de lucha, en céntrico restaurante.

–Quihubo cabrón, qué bien quedaste. Con que cara te presentas ante mi después de lo que me echaste ayer….!!!

Miguel Ángel, haciéndose la víctima, responde sin amilanarse:

—Me extraña Salvador, que me digas eso, yo que te quiero como un hermano. Que no entiendes que es pura política. Tú eres político y me comprenderás. Tú sabes que yo te quiero y te tengo una lealtad que nadie va a romper mientras estemos con vida…

Salvador, con una humildad franciscana, le dice:

–NO SE PUEDE CONTIGO. Siéntate y ponte a desayunar!!!!