Sinaloenses, rehenes del salario mínimo

En Sinaloa existen alrededor de 250 mil esclavos del salario mínimo que además de estar inundados por la pobreza se encuentran mal representados por los organismos laborales y no cuentan con las condiciones esenciales para desempeñar las jornadas a las que se encuentran sometidos.

Viven una esclavitud disfrazada en la que únicamente se les paga lo suficiente para comer y aunque ya no existen tiendas de raya su salario sólo les permite sobrevivir en condiciones similares a las que eran sometidos los trabajadores hace más de 250 años.

A lo largo del espinazo rocoso de la sierra de Sinaloa los trabajadores forestales y de  los campos temporaleros perciben un salario mínimo de 80 pesos y excepcionalmente se les está pagando los 95 pesos recientemente aprobados como aumento al salario mínimo.

En ese mismo lugar el uso y abuso de la economía corre por cuenta de las personas que especulan con los productos de la canasta básica mientras que la federación de trabajadores de Sinaloa no se asoma para conocer las condiciones laborales en las maquiladoras del estado y tampoco escucha las voces que reclaman mejores condiciones laborales.

Gonzalo Figueroa en su calidad de Secretario General de la Federación de Trabajadores de Sinaloa mantiene su condición de aliado de quienes mueven a mansalva el comportamiento laboral del estado y ha mostrado desinterés por profundizar en la atención de la problemática que enfrentan los trabajadores que tienen derecho a sostener los gustos de sus representantes pero se tienen que regir mediante la regla del silencio.

La Central Revolucionaria Obrera y Campesina-CROC-representada por Isaías González Cuevas guarda mutis por la violación a las condiciones laborales de sus agremiados ya que en Sinaloa mantiene una actitud parasitaria pues es sostenida con cuotas que “esfuma” como por arte de magia.

Tanto Gonzalo Figueroa como Isaías González Cuevas pretenden esconderse de la realidad y engañar a los trabajadores sindicalizados. Mientras ellos mantienen una luna de miel con la clase patronal del estado la pobreza inunda a la clase trabajadora.

Un ejemplo de ello es la producción de arándano en el municipio de El Fuerte donde los trabajadores son sometidos a largas jornadas y perciben apenas el salario mínimo. Sus horas extras no se las pagan. Como complemento del abuso laboral se les aplican cuotas piramidales para que sus jefes inmediatos las entreguen a sus superiores en una cadena de injusticias salariales que nació por la necesidad de empleo de la población de esa región.

La práctica de que los trabajadores rasos les entreguen parte de su salario a sus superiores para permanecer en sus empleos  es una moda impuesta durante la construcción del gasoducto y permanece como marca obligada para trabajar en la cosecha de arándanos.

En la actividad minera existen condiciones similares. En Choix la empresa Paradox impuso sus propias reglas e incumplió hasta su cierre con los deberes salariales del personal que utilizó en la extracción de fierro. Ahora es práctica común que  las compañías mineras Río Tinto y el Zafiro paguen salarios bajos e impongan cuotas de piso a los trabajadores.

La problemática adquiere un acento preocupante si se toma en cuenta que en esas regiones el salario mínimo solo les alcanza para dos kilogramos de frijol ya que este producto de la canasta básica les es colocado a  45 pesos el kilogramo.

De acuerdo a las condiciones laborales de quienes perciben el salario mínimo por cada hora de trabajo se les  paga a 10.5 pesos lo que implica que no alcanzan a comprar un kilogramo de tortillas con esa percepción laboral.

Como agravio aparte los obreros de las minas y los jornaleros son expuestos a residuos altamente tóxicos y peligrosos, no tienen acceso a servicios médicos, sus hijos carecen de las condiciones alimentarias adecuadas y tampoco tienen acceso a aptas condiciones educativas.