Sexenio de exaltación de ineptitudes

Seguramente desde 1982, en que las finanzas públicas tuvieron un “problema de caja”, según explicó el secretario de Hacienda, Jesús Silva Herzog, frente a una Tesorería vacía; y  1994,  con el maquinado error de diciembre, el gobierno de la República no pasaba por una crisis como la que vive en 2017.

En 2017, a los mexicanos se les cargaron todas las pulgas: Se confirmó el fracaso de las reformas “transformadoras” al hundirse el boque insignia de la contrarreforma petrolera; llegó a la Casa Blanca Donald Trump y cumplió su amenaza de arrojar por la borda el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y darle otra vuelta a la tuerca del tema migratorio; la furia de la naturaleza se hizo presente en los terremotos de septiembre, etcétera.

Con un PRI “renacido” en 2012, Los Pinos y Palacio Nacional se han convertido en ágora para la exaltación de ineptitudes.

El gabinete todavía no termina su aprendizaje

El signo más evidente de la incompetencia del gabinete presidencial se ha reflejado en el cese de algunos secretarios encargados de despacho, la acefalía de la Procuraduría General de la República, el enroque de otros sólo para comprobar su ineficacia en sus nuevos encargos, etcétera.

Por supuesto, el problema de más envergadura es el de los dineros, en cuyo caso los que mayor daño han hecho al país son los itinerantes miembros del gabinete económico que todavía en noviembre saltaban de una dependencia a otra.

Hasta el providencial gobernador del Banco de México, Agustín Carstens prefirió la graciosa huida, dejando la víbora chillando: El peso cayó a más de 20 por dólar y se abren las esclusas para seguir vaciando la reserva de divisas extranjeras a fin de enfrentar la especulación con el billete verde y tratar de evitar la fuga de capitales. Infructuosamente.

A falta de eficacia, el blof

Particularmente la tácita liquidación del TLCAN ha dado pie a que, empezando por el propio Enrique Peña Nieto, algunos de sus secretarios se empecinen en blofear con ciertos remedios que están resultando peor que la enfermedad.

La obcecación fue el punto de partida: Desde la campaña de Trump, éste dejó claro que mandaría al diablo el TLCAN. Primero el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, y la entonces canciller Claudia Ruiz Massieu Salinas, creyeron tener más malicia que sus contrapartes estadunidenses y desestimaron el amago con entusiasmo infantiloide: No es necesario un Plan B. Son baladronadas.

Era, esa actitud, un síntoma de miopía: Nunca imaginaron ni siquiera el triunfo del republicano.

Tuvieron que esperar a que en mayo pasado se iniciaran las primeras rondas de negociación del TLCAN, para caer en cuenta que la cosa iba en serio. Empezaron a dar golpes de ciego tirando sondas hacia Japón, Corea del Sur, China, Unión Europea. Puro petate.

En pleno naufragio, Guajardo llegó a advertir a sus contrapartes gringas. (Advertir fue el verbo empleado): Ya tenemos emplazada una flota mercante para contratar en Brasil y Argentina la adquisición de productos agrícolas que dejaremos de comprar a los productores norteamericanos. Hasta se dieron detalles de los costos del flete.

Ese es el tema que hoy nos ocupa, siguiendo una línea que planteamos desde que en 1994 se pusieron en marcha el TLCAN y la contrarreforma agraria: Los prejuicios al agro mexicano y al eslabón más débil, frente a los ganones del sector agroexportador.

Todavía hace dos años, cuando Peña Nieto insistía en embrocar a México en el Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica, dos Premios Nobel de Economía recapitularon sobre el rojo balance del TLCAN para los productores rurales y previnieron que dicho acuerdo daría la puntilla a este sector. No se atendió su buen juicio. Por suerte, Trump se hizo cargo de darle carpetazo a ese proyecto comercial ampliado.

El fútil top ten de Peña y la realidad

La vocación de blof: En noviembre, en la Ciudad de México, bajo los auspicios de la Secretaría de Agricultura, se presentó la segunda edición de una especie de tianguis alimentario internacional.

Obviamente, ahí se presentó Peña Nieto y de su ronco pecho declaró que México se encuentra ya en el top ten de los grandes países exportadores de agroalimentos al resto del mundo. ¿Ignorancia o arrogancia?

El propio titular de la Sagarpa, José Antonio Calzada, en sentido contrario, se sacó “un as de la manga”, asegurando  de que ya se tenían acuerdos para importar de Brasil y Argentina soja y maíz; obviamente, con mensaje a la Casa Blanca, que no escucha.

Lo que Peña Nieto y sus secretarios se niegan tercamente a reconocer es que, entre diciembre de 2012 y octubre de 2017, México ha dispuesto de más de 20 mil millones de dólares (15.65 por ciento más que el valor de las importaciones en el sexenio anterior) en la compra de maíz, trigo, arroz y frijol para satisfacer los requerimientos alimenticios de los mexicanos.

Subrayamos ese listado porque se habla de alimentos. En otras columnas aparecen los insumos importados para la industria. Y el colmo: El mercado mexicano ya está importando de China diversas variedades de chile, especies de las que México era campeón en  producción mundial.

Citamos el tema porque, repetimos, en él va la nutrición y la salud de los compatriotas. Ni qué hablar del incesante incremento de importaciones de gasolinas y otros derivados del petróleo, drenaje por el que van los ingresos en dólares provenientes de las remesas de nuestros transterrados, los excedentes del narco y el turismo.

Ese fenómeno nos recuerda una expresión del difunto ex jefe nacional del PAN, José Ángel Conchello: Si la creación hubiera colocado en México el desierto del Sahara, nuestro país fuera importador neto de arena.

Tal es el resultado de las grandes reformas “transformadoras” del peñismo, cuya defensa y continuidad están en la plataforma de gobierno del PRI para el sexenio 2018-2024. ¡Agárrense mexicanos! y que Dios los coja confesados. Es cuanto.