Actas voladas

La corrupción de la Dirección de Alcoholes escandaliza sin remedio al efectuarse una jugada más de la extorsión oficial

Son almas de fango que solo estiman “su oro”. Es una vergüenza compartida. La práctica se generalizó y explota sin control.

Los inspectores de alcoholes de todas las delegaciones en el estado se activan con ojos vigilantes por los espacios olorosos de cada cantina, por las barras repletas de comensales de cualquier cervecería, por los congales de mala muerte y buena suerte. Es una búsqueda incansable.

Recorren los centímetros de piel de los bares y centros nocturnos para desplegar el operativo “acta volada”. Un remedo de la legal, el acta circunstanciada. Es una infracción pactada entre las partes, los empresarios de los giros negros y la autoridad. Sin mediar transgresión o desacato a la Ley de Alcoholes del Estado y que se hace con cotidianidad.

Es el hampa en el gobierno. Otro ejemplo de la extorsión oficial que se protege como a la gallina de los huevos de oro en la Subsecretaría de Normatividad e Inspección Registral a cargo de Ramón Murgía Aguirre y la Dirección de Inspección y Normatividad al mando de Arturo Torres Sato.

Ellos ya abrieron la caja de Pandora y regalan bocanadas de la bondad corrompida.

¿El Arca de los males?

Torres Sato con toda su experiencia ya sabe cómo manejar el arca de los desarreglos. Solo informa a su superior.

Así dispersan los males que la venganza de los Dioses cerveceros envía cada año. Se confunde en medio de regalos mientras la desgracia se desliza y llena bajo todas las formas, tierra, mar y aire. Es el sofoco del alcohol que aprieta las tuercas del tercer piso.

La vieja mitología advierte que por orden de Zeus, padre de los dioses, Hefestos, dios del fuego, creó la estatua de una hermosa doncella.

Así, cada uno de los inmortales había regalado a la mujer algún nefasto obsequio para los humanos. Atenea le entregó un tocado con vestiduras blancas y relucientes con un velo y corona de frescas flores, y un cinturón de oro.

Hermes, el mensajero de los dioses, concedería el habla a la bella efigie, y Afrodita le daría todo su hechizo amoroso.

De este modo Zeus, bajo la apariencia de un bien, había creado un engañoso mal, al que llamaría Pandora.

De esa manera daría a manos de Torres Sato y Murgía Aguirre. Vestida de regalo ni cómo sospechar.

Los Dioses cerveceros trasfirieron a la virgen a la Tierra, donde los mortales merodeaban mezclados con los dioses, y unos y otros se maravillaron ante su figura formidable.

Ella supo a donde llegar para entregar la caja de regalo a pesar de la advertencia de nunca aceptar un obsequio venido del Olimpo y de los terribles elevadores de Palacio de Gobierno.

Para no ocasionar con ello un daño a los sinaloenses, Torres Sato debía de rechazarlo inmediatamente. Pero no lo hizo.

Olvidándose de aquellas palabras, amparó gozoso a la encantadora doncella y no se dio cuenta del mal hasta que ya lo tuvo.

Abrió la gran caja provista de una tapadera y de inmediato volaron del recipiente gran cantidad de males que se esparcieron por Sinaloa con la velocidad del rayo. Oculto en el fondo de la caja había un único bien: la esperanza.

La tapadera, por desgracia, ya no la dejaría salir del fondo del arca.