Toledo y Calderón, enemigos acérrimos

Antonio Toledo Corro y Alfonso G. Calderón no se podían ver ni en pintura. Pero siendo gobernador Calderón se las ingenió para que “El Tigre”, como sus íntimos llaman a Toledo, lo apoyara desde la Secretaría de la Reforma Agraria para destrabar trámites sobre cesión  de los terrenos ejidales donde había proyectado construir el nuevo palacio de gobierno.

El que fue el primer gobernador obrero en el país,  cumplía  su quinto año de gobierno. Había dispuesto  cerrar  su gestión con una obra que sería sello y símbolo de su sexenio: el nuevo palacio ya que el viejo edificio sede del poder ejecutivo era ya infuncional.

Para ejecutar la magna obra ya tenía localizados los terrenos. Eran áreas ejidales. Para conseguir la cesión de los terrenos era necesaria la intervención de las autoridades agrarias al más alto nivel. Había que llevar a cabo un procedimiento de expropiación por causa de utilidad pública.

Calderón  planeó una estrategia para llevar a cabo ese proyecto con un obstáculo que parecía insalvable: Antonio Toledo Corro, el  poderoso Secretario de la Reforma Agraria, nada menos que su principal enemigo político.

Y es que la rivalidad política entre “El Tigre” y Calderón se fue acentuando conforme se acercaban los tiempos sucesorios. Toledo ya andaba abiertamente en pre campaña por la gubernatura, mientras  Calderón impulsaba a su delfin, Lázaro Ramos Esquer, entonces delegado de la SARH en Sinaloa, hoy llamada SAGARPA.

El originario de Calabacillas , Chihuahua, jugó inteligentemente. Llamó a un sinaloense experto en asuntos agrarios, con cartera de consejero nacional agrario, con plena identificación de amistad con Toledo, para que le ayudara a destrabar el caso de expropiación de los terrenos solicitados.

El consejero,  que no era otro mas que el ingeniero Emilio Alvarez Ibarra, que para su buena suerte, mostró disposición de ayudar al gobernador para superar tan difícil escollo- “Voy a hablar con Toledo, pero no te garantizo nada”, le dijo. “Voy a ver si lo convenzo, ya sabes como es el ‘Tigre’”, acotó.  Emilio le pidió al gobernador que también pusiera su parte, que se le acercara al Secretario y que se lo granjeara.

En la primera gira que hizo Toledo a Sinaloa, Calderón lo recibió con todos los honores, atestando el aeropuerto de Culiacán con  miles de  gentes y con todo su gabinete. La popular tambora no cesaba de interpretar, por supuesto, la canción de lucha  del “Tigre”: “El Toro Manchado”.

Fue asi como astutamente se fue metiendo en el ánimo del Secretario de la Reforma Agraria, quien al ser enterado del proyecto y de la conveniencia de la construcción de la nueva unidad administrativa, dio luz verde para que se hiciera todo el papeleo legal.

Don Antonio sentía entonces muy cerca la gubernatura y quería llegar a gobernar en el nuevo palacio. “A  quien le dan pan que llore”, decía Toledo para sus adentros.

Fue asi como  el gobernador, el primero en surgir del movimiento obrero en el país, logró realizar una de sus obras cumbres.

Calderón todavía logró despachar cuatro meses en el nuevo recinto del poder ejecutivo, obra que presumió hasta su muerte.

Toledo no se equivocó. Con el apoyo del Presidente, su amigo López Portillo, alcanzó fácilmente la gubernatura, disfrutando de  la comodidad y el confort del nuevo palacio, en cuyo proyecto le tocó poner su parte.

Calderón fue un hombre visionario, con una inteligencia natural, surgido de la universidad de la vida, que a base de mucho esfuerzo y tenacidad llegó a gobernar Sinaloa, con la característica de no escatimar ni tiempo ni recursos para ir al encuentro de los suyos, los de abajo, recorriendo infatigable toda la geografía sinaloense, sobre todo la zona de los altos, la mas marginada socialmente, porque nunca se cansó de pregonar que era un gobernante surgido de la esencia misma del pueblo.

Toledo en su sexenio no se quedó atrás, construyendo con la mas avanzada tecnología la autopista La Costera, su obra de mayor envergadura.

En el gobierno de Francisco Labastida Ochoa, Calderón  solía pasar, cada vez que visitaba Culiacán, frente a palacio de gobierno, jactándose de su obra, señalando con voz engolada:

—Ni en los seis años se la acaba Labastida a marrazos!!!

Todos los acompañantes le festejaban a carcajadas su ocurrencia.

Muchos le reprocharon y cuestionaron  a don Alfonso lo del  proyecto del nuevo palacio. Pero el viejo líder cetemista no se arredró y logró lo que era ya una necesidad imperiosa de construir un palacio digno, funcional.

Ignacio -Nacho- Rodrigo

Ramón Ignacio -Nacho- Rodrigo Castro ha sido un político con buena estrella. Fue delegado de la Reforma Agraria, presidente municipal de Ahome, Secretario del Ayuntamiento y ha ocupado diversos cargos dentro del servicio público, siempre protegido por altos personajes de la política. Recientemente ocupó durante el sexenio malovista la Delegación en Sinaloa del Instituto de Pueblos Indigenas.

El oriundo de Higuera de Zaragoza no se puede quejar. El sistema priista ha sido generoso con él y Nacho le ha correspondido con su lealtad, participando en tareas partidistas hasta la fecha.

Cuando  fungía como alcalde, Nacho se distinguía  por su sobriedad, pese a que sus aduladores, amantes del relajo, le hacían tentadoras invitaciones  que no correspondían a sus valores.

Un día, su Secretario Arturo Duarte Garcia, lo invitó a un convivio donde abundaron exquisitos platillos y licores finos. Duarte, un bebedor de grandes ligas, hizo caer en tentación al alcalde, que se contagió de aquel ambiente donde los invitados colmaron de  elogios al higuerense por su meritoria obra de trabajo.

Eso fue motivo para que Nacho  se empinara varias copas. Horas después abandonó el festejo en su honor totalmente ebrio. Duarte, su Secretario, tuvo que pedir ayuda para que lo subieran a la suburban blanca oficial.

Duarte, tomó el volante y salió raudo, pasándose un alto, motivo por lo que patrulleros de Tránsito lo pararon.

—A ver señor, identifíquese. Va usted conduciendo a exceso de velocidad. Luego se pasó un semáforo en rojo y viene  en estado de ebriedad—,le dijo el oficial a Duarte.

Este respondió trabajosamente, queriendo quitarse de encima a los cumplidos agentes viales:

——Soy Arturo Duarte, Secretario del Ayuntamiento…¿qué mas quieren?

Como la respuesta y el estado mental de aquel hombre no correspondia a la calidad de un funcionario de nivel del Ayuntamiento, el oficial no le creyó y pensando que se trataba de una broma de mal gusto, le dijo incrédulo.

—No le creo—Nomas falta que me diga que ese indito que va dormido sea el Presidente Munciipal…!!!

Entonces Duarte, soltando la risa, exclamó al tiempo que tomaba por los cabellos a Nacho tratando de reanimarlo:

—Si es, es Nacho Rodrigo, tu Presidente municipal!!!

Finalmente, Duarte sacó su charola  de Secretario del Ayuntamiento, logrando asi que lo dejaran en libertad de circular, no sin antes de recibir disculpas de los oficiales, quienes juraron no comentar con nadie el gracioso incidente.

Duarte, que siempre soñó con ser presidente municipal, no pudo siquiera alcanzar una diputación local, no obstante contar con todo el apoyo del gobernador Renato Vega Alvarado, en cuyo sexenio  el conocido notario fue subsecretario  de Gobierno, antes de aceptar la candidatura a legislador.

En esa contienda dos panistas derrotaron no solo a Duarte, sino también al candidato a la alcaldía, Mario Zamora Malcampo. Ellos fueron el doctor Francisco López Brito y Alfredo Quintero.

Nacho, siguió muchos años después prendido de la generosa ubre presupuestal, gracias a sus buenas relaciones con los ex gobernadores Francisco Labastida Ochoa, Renato Vega Alvarado y Malova.