El gen nazifascista del PRI en la “ayuda” a damnificados

Para los estudiosos de la estética priísta no es un secreto que cuando llegaron los tenientes coroneles Navarro y Russi Giovanni a la casa del Jefe Máximo de la Revolución para trasladarlo al aeropuerto capitalino a que abordara un avión con rumbo a Los Ángeles, el caudillo sonorense estaba leyendo a sus correligionarios un pasaje de Mein Kampf, de Adolfo Hitler.

Acompañado de Luis N. Morones y Luis L. León, el Jefe se solazaba repasando capítulos de un libro que marcaba el parteaguas de una época. Calles, igual que un vasto sector de intelectuales mexicanos, era un admirador de Hitler. En Alemania había aprendido los primeros pasos para crear instituciones como el Banco de México o la Comisión de Irrigación, antecedente de la Secretaría de Recursos Hidráulicos.

‎Plutarco Elías Calles, un modernizador sanguinario, se había inspirado en el Partido Nacional Socialista alemán y en el Gran Consejo Fascista italiano para crear el PNR –lo que hoy es el PRI– y su cuerpo dirigente, así como la nueva arquitectura del entorno del poder, los edificios que lo encarnaban, los discursos, la doctrina y el cuerpo místico de lealtades incondicionales.

El PRI, único autorizado para detentar la estructura jerárquica del poder

Dentro de los objetivos que simbolizaba el nuevo Partido, aglutinador de cientos de fuerzas regionales al servicio de caciques y militares obregonistas triunfantes en el movimiento armado, ente capaz de dotar a los nuevos presidentes de la República de un gran poder de convocatoria, de sumisión y de objetivos superiores, figuraban:

La concepción totalitaria del Estado, el desarrollo de un autoctonismo imperialista, la desaparición paulatina del estado de derecho, la sustitución del sistema sindical por el corporativismo, la libre actuación del PRI como una arma persuasiva sobre la población civil.

El Partido Nacional Revolucionario, contrapartida del PAN, sería en adelante el único autorizado, legalizado y autorizado para detentar la estructura jerárquica del poder, en la que la reducida cúspide dirigente decidía todo, desde la instauración de cualquier dictadura, hasta la eliminación de los enemigos políticos. Idéntico a sus gemelos fascistas y nacionalsocialistas europeos.

Partido único, hegemónico, irrebatible y triunfador a toda costa

Las bases doctrinales del PNR, igual que sus similares, fueron la oposición a la democracia y el parlamentarismo, el odio al socialismo y al internacionalismo, el rechazo a la creencia del progreso pacífico, el desprecio por los derechos individuales y la exaltación del Estado como suprema entidad histórica. Así nacieron y así crecieron.

La frase de Mussolini “el Estado tiene siempre la razón” caló hondo, sentó las bases de un totalitarismo intelectual, potenciador de la creencia en la posesión de la verdad, para dictarla en toda ocasión. Conformó, como el PNR en México, una gran infraestructura de propaganda, que comenzaba en el sistema educativo…

… pasaba por la movilización de la juventud y alcanzaba el monopolio de los medios de comunicación con el erario estatal, con propaganda agresiva y victimista y mitos a modo para justificar históricamente el desarrollo cultural de partido único, hegemónico, irrebatible y triunfador, a costa de cualquier necesidad pública o privada.

Ni un solo intersticio para la duda, ni un espacio para las libertades civiles

‎A partir de la sólida estructura del Estado triunfante y su Partido gemelo se derivó una estética, una esencia filosófica y un concepto de lo bello sobre el poder ejercido sin contemplaciones ni miramientos. Los edificios de los poderes, las plazas públicas más representativas, adquirieron de inmediato un aspecto guerrero, militar y absolutamente confinado a los diletantes.

El edificio de la Suprema Corta de Justicia demuestra de una pincelada esa forma de ver y detentar la verdad. Ni un solo intersticio para la duda, ningún espacio para las libertades civiles, nada para el ciudadano pacífico. Todo olía a tambores y a vientos de guerra. Los dirigentes eran estatuas hieráticas de carne y hueso, sus discursos eran lo más parecido a una biblia laica, con oficiantes imperturbables y contundentes al servicio omnímodo de una liturgia para iniciados.

El PRI ejerció el poder absoluto y sin cortapisas durante seis décadas

La estética nazifascista se apoderó de México, y de la conciencia de sus próceres, prestos a quemar incienso al demiurgo mayor, el Presidente en turno, investido de facultades metaconstitucionales que ya las quisiera para un domingo cualquier dictadura en cualquier latitud del universo. Jamás rindió cuentas a nadie, después del exilio del Jefe Máximo.

‎El PNR que derivó en PRM y luego en PRI, jamás tuvo que competir por el poder. Nació hegemónico, totalitario, autoritario, infalible. Pegado siempre a la ubre munificiente de los presupuestos públicos, creó un protocolo, una mística, unos ritos de observancia y obediencia general, inexcusable, cruelmente penada y de paso infalible para todos los efectos y consecuencias.

Dueño de la doctrina y de la ideología revolucionaria, el PRI ejerció el poder absoluto sin cortapisas durante seis décadas, en las cuales subió y empoderó a los presidentes que quiso, normalmente gente obediente y adocenada al mandato de los jefes superiores, a quienes debía proteger y cuidar las espaldas.

Plata o plomo: dinero, prebendas, cárcel o muerte para los disidentes, jamás negociación. Los adversarios del sistema eran premiados o castigados severamente por el Ogro sangriento del poder.

Un partido absolutamente umbilical dependiente del gobierno de turno

La forma de no equivocarse para los gobernadores era repetir, ante cualquier eventualidad y hasta la saciedad los latiguillos y las sentencias cívicas del Presidente en turno. La cadena vertical en grado descendente, la jerarquía intocable, el mandarinato y el caprichato en su máxima expresión. México era el país emblemático de partido único y dominante, sin paralelo en el planeta.

‎Los abrazos, los desplantes, los gestos y rictus del de turno, mandaban un mensaje indeclinable para todos los subordinados. Si el Presidente era hiperkinético, practicaba el budismo Zen, se dormía en las juntas inacabables con los ojos abiertos, todos los de abajo trataban de imitarlo. El caso de Luis Echeverría y su corte de paniaguados es realmente lastimoso.

‎Un partido absolutamente umbilical dependiente  del gobierno de turno, convertía a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en la verdadera Secretaría de Finanzas del CEN del PRI. Así fue desde Antonio Carrillo Flores hasta Ortiz Mena, David Ibarra, Pedro Aspe , Serra Puche, Meade Kuribreña y los que usted mande añadir. No veían, ni oían, menos hablaban.