Culiacán, la “herencia negra” de Sergio Torres

Ex alcalde busca relanzar su carrera política, pero sus cuentas y su soberbia lo hunden

Reclama al PRI ser una de sus prioridades en el reparto de candidaturas o reemplazos

Sergio Torres Félix trata de echar bajo la enorme alfombra de la impunidad los daños financieros de su gobierno, pero lo que no puede ocultar es su condición actual de problema para su partido, ubicándose en línea de choque con otros aspirantes a candidaturas en el 2018, incluso de su mismo grupo político.

El ex presidente municipal de Culiacán dejó una administración endeudada a un nivel sin precedentes, convirtiendo a la capital de Sinaloa en una de las ciudades de su rango en el país con mayores cuentas por pagar.

Al final de su trienio, en 2015, con deudas por casi dos mil millones de pesos, esta ciudad tenía mayores pasivos que Hermosillo y Mexicali.

Más grande, sin embargo, fue el descontento que dejó en la sociedad por su soberbia, aderezada con arrogancia y arbitrariedad, actuando como si fuera el monopolio de la razón y la verdad en todos los asuntos que le reclamó el pueblo. Hoy, es solamente un prospecto elegible si es que el PRI quiere recibir el mayor caudal de votos de castigo de su historia en la capital del estado.

Este es el costo a pagar por el sueño imposible del padre de “El Morrín”, su “hijo” desaparecido del escenario citadino. La absurda pretensión de ser candidato a gobernador del estado el año anterior, sólo por su cercanía relativa con Manlio Fabio Beltrones, por aquellos días el político priista más encumbrado, corrió por cuenta del municipio que lamentó haberlo apoyado con el voto en 2013.

En el llamado a la puerta donde se consiguen las oportunidades electorales, el ex alcalde empieza a significarse más como un problema para su partido que como una solución, debido a que Torres Félix es un personaje que perdió su capital político al salir del gobierno municipal con un balance negativo y, peor aún, confrontado con importantes sectores de la sociedad, por el ejercicio de una autoridad que rompió el diálogo con la gente.

Fue agresivo, oportunista e intransigente, lo mismo con los pepenadores del “basurón”, que tajante en la imposición de su criterio ponzoñoso con los comerciantes del centro de la ciudad. Ofendió a los jóvenes universitarios al lanzar la orden a la policía para detenerlos en redadas porque los consideraba una amenaza a la paz pública.

La percepción de la gente era otra: que la delincuencia parecía -y parece aún- contar con toda la protección de los ineptos responsables de la seguridad pública. Nunca antes se vivió aquí una intranquilidad por la amenaza de toda clase de delincuencia como en el negro trienio de Torres.

Aunque no lo reconoce -lo cual es otro gran defecto-, Sergio Torres se convirtió en un aliado incómodo hasta para el grupo Culiacán, del cual llegó a ser la figura más importante cuando ocupó la alcaldía.

Rompió vínculos y compromisos con Aarón Rivas Loaiza y otras figuras locales, como Rosa Elena Millán Bueno, quien se quedó con la cartera que ambicionaba Torres en el gabinete de Quirino Ordaz Coppel, y lo que parecía improbable: abrió una zanja intransitable con su binomio de antaño, su sucesor en la presidencia, Jesús Valdés Palazuelos.

Este ha pagado las consecuencias de los abusos y errores de su compadre y amigo, llegando a reconocer el impacto de la fuerte deuda que recibió de su predecesor, hecho de justa congruencia que le valió a Valdés una airada y amenazante reclamación de su ex jefe de grupo.

Todos, según la ley del Morrín, están equivocados, menos él.

Con esta óptica distorsionada de la realidad, fue desleal a palabra y compromisos con los personajes políticos que le dieron impulso a su trayectoria. Jesús Aguilar, Jesús Vizcarra y Malova. En otras palabras: resultó un caso de informalidad en el trato con los gobernadores, una referencia que el actual mandatario no pierde de vista.

EL CARGO QUE SEA, AUNQUE LLEGUE DE REBOTE

 Desesperado por su adicción al poder, Torres busca otra vez con Beltrones -al único que guarda respeto-, en el PRI nacional y en el tercer piso de palacio de gobierno, que tomen en cuenta su hoja de servicios para regresar a una candidatura o al menos a un cargo administrativo de primer nivel, sin importar que le llegue de rebote. A pesar de su negro balance político y financiero, exige regreso a una posición de protagonista.

En los contactos que le han observado los “radares” políticos, aparece que quien presumía ser “hijo del barrio”, apodado “El Cholo”, aspira a cualquier cargo legislativo, si no es posible el retorno a la presidencia municipal, ofreciéndose también para sustituir en Desarrollo Social a Millán Bueno si finalmente ésta es postulada por su partido. Hasta mueve hilos para buscar la Subsecretaría de Gobierno si Antonio Castañeda Verduzco es parte del nuevo proyecto priista.

Es una propuesta al estilo de un “mil usos”, que, sin embargo, no puede ser fácilmente resuelta porque la posición de Torres no es clara todavía para los auditores.

Primero, porque la revisión a su enredo financiero no concluye, en el involucra también a su tesorero, Edgar Kelly, un recomendado del poder mediático más influyente para el ex presidente municipal.

Segundo, y tal vez el motivo de mayor peso, porque ya perdió toda credibilidad de la sociedad, que pudo sentir en carne propia la impertinente arrogancia e intransigencia del político. Difícilmente podría presentarse en otra campaña prometiendo lo que el electorado sabe de antemano que jamás podrá cumplir.

Tercero, porque en un cargo en el gabinete del estado no respetaría la línea y las premisas del ejecutivo, tratando de explotar la oportunidad exclusivamente para sus fines personales, como lo ha hecho antes en su trayectoria.

Cuarto, porque hasta sus compañeros de grupos saben por experiencia que Sergio Torres no cumple los pactos de equipo.

Es una experiencia desagradable que reduce las expectativas de Jesús Valdés, y que lo lleva a un jaloneo con los otros “compañeros” del grupo Culiacán, a quienes pretende desplazar en el reparto de candidaturas y puestos de gobierno, por puro protagonismo y ambición, considerando que es lo que espera Sinaloa.

La ceguera que causa el poder, hasta meterse como “chivo en cristalería”.