2018: Retorno a la era del orangután

En las horas en que tecleamos estas notas (24 de octubre), lo hacemos con profundo desasosiego frente a los burocráticos rituales -vacíos de contenido-, en torno a la centenaria Sociedad de las Naciones, convertida después de la Segunda Guerra Mundial en Organización de las Naciones Unidas (ONU), creada como ilusoria gestora y custodia de la Paz planetaria.

Y cómo no vamos a estar presas del desaliento. El México en paz prometido hace casi cinco años por Enrique Peña Nieto ha quedado reducido a mera falacia: Un spot más.

El ánimo personal queda emparedado entre dos polos: Arribar a los 79 años de edad, nos ubica en el centro dos procesos sin solución de continuidad.

En octubre de 1939, era un hecho la ocupación de Polonia por la barbarie nazi. Se inició la deportación de judíos del Tercer Reich. A los días, se etiquetaba a los judíos con la infamante estrella amarilla por los agentes de la policía de asalto del SS alemán.

En octubre de 2017, estamos en el umbral de la Tercera Guerra Mundial con su terrorífico apellido: Nuclear. Su agente propiciatorio: Donald Trump, reputado por sus propios paisanos como rencarnación de Adolfo Hitler.

Sabia virtud, de conocer el tiempo

En ese arco temporal, nuestro tránsito personal está datado por dos sucesos formativos: En 1954 nos iniciamos en el oficio periodístico, en Mazatlán, Sinaloa. En 1968 empezamos a aclimatarnos en la Ciudad de México, ensombrecida y enlutada entonces por la matanza del 2 de octubre.

En 1939 -nos dice la memoria periodísticamente informada- abortaron atentados terroristas contra la vida de El Gran expropiador, Lázaro Cárdenas del Río. En 2017, es visible la tentación de un auto golpe de Estado por el grupo dominante, negado a toda aspiración democrática.

En nuestras mocedades vimos, en Mazatlán, descender del tren a Adolfo El viejo Ruiz Cortines, segundo candidato presidencial del PRI en campaña electoral. En el puerto, ya como reporteros, tuvimos, con el propio Ruiz Cortines, el primer contacto con un Presidente de México.

Después de pernoctar en la hacienda La Guaracha del general Roberto Cruz, en los límites norteños de Sinaloa y Chihuahua, el oficio nos aproximó a Adolfo El joven López Mateos, en gira de inauguración del Ferrocarril Chihuahua.

Conservamos en nuestra egoteca dos fotografías: La primera, en la que aparecemos con el presidente Gustavo Díaz Ordaz en la  firma del libro de visitas en El Sol del Pacífico. La segunda, con el presidente electo, Luis Echeverría, en su residencia en Magnolias (San Jerónimo/ Ciudad de México), donde se reunió con quienes sobrevivimos a su campaña presidencial.

Digo sobrevivimos, porque en la campaña de Echeverría la comitiva de prensa sufrió una colectiva baja en accidente aéreo en febrero de 1970, en Poza Rica, Veracruz. Más de veinte víctimas entre periodistas y tripulación, más las que perecieron en otros accidentes en la aciaga ruta 1969-1970.

Por prejuicios -de algún modo asumidos tendenciosamente-, nos sentimos incitados en cierto momento a desembarazarnos de esas imágenes fotográficas. Eran momentos de satanización de Díaz Ordaz por el 2 de octubre. De Echeverría, por su maliciosa inscripción entre los presidentes populistas.

En el recorrido, el oficio periodístico nos ha permitido observar el desempeño de los presidentes mexicanos desde Díaz Ordaz a Peña Nieto. Esto es, ocho transiciones presidenciales con abanderados por el PRI y el PAN en alternancias de 2000 a 2012.

De conspiraciones y crímenes de Estado

En la perspectiva de la sucesión presidencial de 1976, noticiamos la Conspiración de Chipinque (suburbios de Monterrey, Nuevo León), para derrocar a Echeverría, trama de la ultraderecha clero-empresarial.

Durante el mandato de José López Portillo, las tentativas golpistas se dieron en el corredor Puebla-Monterrey-Guadalajara, que se exacerbaron después de la expropiación bancaria de 1982 con la campaña México en la libertad, acaudillada por el sinaloense Manuel de Jesús El Maquío Clouthier del Rincón.

El 6 de julio de 1988, se produjo el quiebre de la hegemonía electoral del PRI, que indujo a la usurpación presidencial por Carlos Salinas de Gortari. Al final de su sexenio, por primera vez después de los intentos de reelección de Miguel Alemán Valdés en 1950, se exploró en el norte de México la posibilidad de reelección del propio Salinas de Gortari.

Hasta un corte en 1988, incluyendo la persecución, encarcelamiento y en algunos casos ejecución de líderes de izquierda iniciada desde la década de los cuarenta, y agregada la represión de 1968 y 1971, el balance de víctimas políticas del régimen ya nos parecía condenable.

Sin embargo, en el sexenio de Salinas de Gortari y aun desde el cierre de las campañas presidenciales de 1988, empezó a configurarse la restauración de los Crímenes de Estado, tesis que se documentó con los asesinatos del cardenal Posadas Ocampo, Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu entre 1993 y 1994.

Terminado el sexenio salinista, el ex priista devenido fundador y “líder moral” del Partido de la Revolución Democrática, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, llegó a hablar de más de 600 militantes de esa formación, ultimados por el gobierno.

La marca de la casa neoliberal nos informa en 2017 que las ejecuciones, desapariciones y amenazas a actores políticos, sin distingo de colores o siglas partidarias -candidatos o en ejercicio del poder- han dejado de ser noticia.

El desgarramiento del espectro social

Estamos hablando del espectro político; pero, después de la Docena trágica de los panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, el espectro social se ha visto desgarrado por los asesinatos, desapariciones, desplazamiento y exilio de más de 300 mil compatriotas.

En el curso de esta narrativa, México pasó de los modelos de desarrollo estabilizador y compartido, al Estado liberal. El saldo de tres décadas tiene en su debe más de diez millones de mexicanos transterrados y 90 millones que permanecen aquí,  fluctuando entre la pobreza y la miseria.

La corrupción, alentada por el binomio complicidad-impunidad, cuesta a los mexicanos un billón de pesos al año. La deuda pública rebasa ya los diez billones de pesos.

La institucionalización del aiga sido…

Los procesos electorales hasta 1988, que pretendían disimular el fraude con la coartada de triunfos a la legalona, pasaron ese año a la naturaleza de Golpe de Estado técnico. Ahora, el timbre lleva la leyenda: Aiga sido como aiga sido.

Es esa la etiqueta tatuada en la sucesión presidencial de 2018: El tigre ha cambiado de piel, pero no de entrañas.

Hasta 1988, el mapachismo electorero corrió a cargo de delincuentes de cuello percudido, asaltantes a sangre y fuego de urnas en las zonas rurales y semiurbanas en cada jornada, y paquetes quemados en los propios recintos de los colegios electorales.

Hasta el reciente junio de 2017, el asalto y expropiación de la voluntad popular son perpetrados por delincuentes de cuello blanco nombrados consejeros y magistrados electorales.

En 1939-1940, denunció el despojo electoral el candidato presidencial, el general renegado Juan Andrew Almazán.

¿Quién será el defraudado en 2018? Preguntar quién es una forma personalizada. El fraude es contra la ley y contra quienes siguen creyendo que el voto popular determina la formación de los poderes públicos.

Son ya 63 años de oficio periodístico. Es doloroso concluir que, en el inmenso territorio planetario, la sombra del holocausto nuclear sigue amenazando a la humanidad. En México, hemos retornado a La era del orangután.

Pero México no es cementerio de almas muertas, pese a inundaciones, terremotos y crímenes de lesa humanidad que abarcan los Derechos Humanos, conculcados impunemente por el grupo dominante; entre ellos, el Derecho a elegir libremente a los gobernantes.

Si no tuviéramos esperanzas en la regeneración social y política, no continuaríamos atacando el teclado. No hay, dice la conseja popular, mal que dure cien años. Es cuanto.