1985-2017: El mismo pasmo burocrático

Cuando el 19 de marzo de 1981 Javier García Paniagua fue notificado que era el nuevo presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, descifró bien el mensaje: Había sido descartado de la lista de precandidatos a la sucesión presidencial de 1982.

La noche de miércoles 23 de septiembre de 1981, García Paniagua fue instruido para que el viernes siguiente diera a conocer el nombre del secretario de Programación y Presupuesto (SPP), Miguel de la Madrid Hurtado como candidato presidencial tricolor.

El hijo del secretario de la Defensa en el histórico 1968, Marcelino García Barragán, hizo su entripado: ¡Ese pinche financista!

El destape de De la Madrid no tuvo nada de espectacular: Se dio a conocer mediante un escueto boletín suscrito por los jefes de los tres sectores del PRI: Fidel Velázquez Sánchez, Víctor Cervera Pacheco y Humberto Lugo Gil. (Obrero, agrario y popular).

Los dos terremotos de Miguel de la Madrid

De la Madrid llegó a Los Pinos a lomo de la crisis económica exacerbada por la Expropiación Bancaria. En 1988 cerró su ciclo con la crisis electoral que él mismo tipificó como un terremoto político, cuyo impacto tumbó el sistema de cómputo la noche del 6 de julio.

A medio camino de su sexenio, De la Madrid pasó por otra crisis, incluso moral: Los destructivos terremotos del 19 de septiembre de 1985.

Cambian los nombres de los burócratas, no el pasmo

En la cumbre del poder político en México, desde entonces sólo han cambiado el nombre del Presidente y del partido en el gobierno de la Ciudad de México. Desde la perspectiva de la autoridad gubernamental, el mismo pasmo en la repetición de los terremotos hace 24 horas.

Confundido y lento en su reacción, en 1985 el poder político fue desplazado por la sociedad civil para hacerse cargo de la devastadora emergencia que envolvió en sus estrépitos, explosiones, gemidos y polvareda a la Ciudad quebrada.

En septiembre de 1985, una generación de imberbes de 12 a 20 años de todas las clases sociales, con toda su impericia, sin embargo obsequió toda la energía de su ímpetu y su joven voluntad para la ingente atención el prójimo.

Mientras que la comunidad ciudadana hacia su obra benemérita entre las ruinas de la ciudad, empezaron a aparecer misiones de voluntarios.

Humildes mujeres de las colonias precaristas improvisaban las ollas   del pueblo para alimentar los estómagos hambrientos. Enfrente, encopetadas damas seleccionaban entre las donaciones venidas de Europa para remitir a sus mansiones los más exquisitos manjares y abrigadores cobertores propios para los más helados climas del norte del planeta.

Una nueva generación de mexicanos, a ras de escombros, se habilita hoy de bomberos, topos, rescatistas y vigilantes contra la rapiña para atender la nueva y espantosa tragedia que asuela la meseta del  Antiguo Anáhuac.

No existe reserva ni de gasas ni jeringas

Un poder político -sin autoridad ni cordura- está presente, sí, en las pantallas de televisión. Sus representantes, demudados pero vestidos de ocasión, expectoran todo tipo de dislates para tratar de explicar un fenómeno para cuya prevención no tomaron providencias ni técnicas ni de primeros auxilios.

En los medios de comunicación se pide de todo: Primero, efectivo; luego, alimentos y lo imperdonable: Algodón, gasas, vendas, jeringas, antibióticos, herramientas propias para demolición y remoción de escombros, etcétera.

¿No tiene el gobierno un Sector Salud? Este sector, ¿no tiene reservas de aquellos elementos indispensables incluso en cualquier botiquín hogareño?

Centro Nacional para la “Prevención” de Desastres, Protección Civil y otras chácharas burocráticas. ¿Cuánto cuestan? ¿De qué sirven?

La respuesta está en Guerrero, Baja California Sur, con cuyos habitantes el gobierno está en deuda desde 2013. Ahora en Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla, Tlaxcala, estado de México, Ciudad de México…

Son, los estados del sureste y algunos del altiplano, los que viven a perpetuidad el abandono gubernamental. Nadie puede sorprenderse porque en esa región se potencien los efectos de una Naturaleza desencadenada.

A la vulnerabilidad  social se agrega la fragilidad estructural de obras de utilería inauguradas un día sí, y otro también, por los agentes del gobierno de los spots.

El miedo a la insurgencia social

Pronto se escuchará el imperativo reclamo burocrático: No politizar la crisis humanitaria. No se quiera medrar con el drama y otras zarandajas populistas.

En 1985, fecundó entre las ruinas del Valle de México  un nuevo modelo de insurgencia social. De alguna manera, esos movimientos emergentes incidieron en una nueva correlación de fuerzas sociales y políticas en la zona metropolitana.

Con vistas a las elecciones generales de 2018, con elección presidencial, a eso es a lo que le teme en su fuero interno (y aun externo) el grupo dominante.

De vergüenza: México está de pie

Intermitentemente, desde el 7 de septiembre en Oaxaca y Chiapas empezaron a aparecerse a su turno los burócratas del gabinete presidencial, siempre con el spot en la punta de la lengua.

En la atribulada Juchitán, al fondo de la arquitectura devastada y con el protagonista central a cuadro, se deslizó un tablero recogido de un derruido comercio: Vida nueva. Ni siquiera pasó como subliminal.

Desde anoche, en las pantallas de una cadena televisiva nacional, sobre las deprimentes imágenes de los  escombros metropolitanos y las estadísticas del recuento de los daños se fijó esta leyenda: México está de pie.

Más que subliminal, una humillante ironía. Ni siquiera original: Para el invierno de 1985, México está de pie era el lema gubernamental referido a la reconstrucción de la Ciudad de México. Hasta el regente del Distrito Federal, Ramón Aguirre Velázquez gastó en el diseño de una charola de bronce con esa leyenda para obsequiarla a quienes quisieran recibirla.

Desde 1985, sólo cambia el nombre del Presidente en turno y de los partidos en pugna por el poder, pero es el mismo pasmo. Lo que si cambia, de veras, aunque no en su actitud, es la generación colocada de nuevo a la vanguardia de la fraternidad y la solidaridad. Es cuanto.