Lo que no se dice de la Hitlerización de los Estados Unidos

Existe un acuciante fenómeno humano que, desde lo más profundo de nuestra conciencia profesional, no nos es dado desentrañar.

Por “conciencia profesional”, nos referimos al ejercicio periodístico que, practicado cotidianamente, nos enfrenta a situaciones culturales cuyos rasgos más agresivos nos parecían superados y, sin embargo, parecen retrotraernos, en pleno Tercer Milenio, a la era del orangután.

 La Operación Charlottesville

Harta estupefacción e indignación nos provoca cada día el registro de la barbarie bélica en diversos territorios del planeta. A fuerza de palparla en nuestro México, la ley del menor esfuerzo podría inducirnos a decir que estamos curados de espantos. Imposible.

El pasado fin de semana, nuestra capacidad de asombro nos colocó de cara a los atentados terroristas en Barcelona, España. Los sucesos desplazaron ipso facto los terribles acontecimientos ocurridos enCharlottesville, Estados Unidos.

El desplazamiento nos parece un tanto artificial y tendencioso, pues de dos dimensiones similares, la industria de los medios de Comunicación estadunidense, y por inercia algunos mexicanos, siguen magnificando los hechos españoles y bajando el tono a los ocurridos en Carolina del Norte (USA).

Acaso la cotidianidad europea, como información, siga teniendo clientela en nuestro continente. Lo de Charlottesville no es asunto noticioso. Se inscribe  en el rango de genocidio en la medida en que se trata de una incitación al crimen racialCrimen de odio, le tipifican las mentes lúcidas.

Algunos medios norteamericanos -hay que subrayar excepciones- se rompen las vestiduras concentrando sus reacciones editoriales en la actitud cómplice asumida por el republicano inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump.

Por si se necesitaran chivos expiatorios

La cuestión amerita algunas acotaciones. 1) El crimen racial en los Estados Unidos no se ha desterrado. Ahora mismo, compatriotas mexicanos los sufren un día sí, y otro también, y 2) Trump provoca deliberadamente que el diferendo electoral de noviembre se mantenga vivo y exacerbado a siete meses de instalado en la Casa Blanca. En las críticas a su mandato, hay algo de revanchismo político. No es este el punto.

Lo diremos desde nuestra propia perspectiva y nos apoyamos en al menos dos elementos de que han dejado constancia nuestras publicaciones mucho antes del conflicto electoral norteamericano de 2016, a saber:

  1. Nuestros colaboradores estadunidenses, expertos en Sociología Política (James Petras) y en Cultura de la Comunicación (Noam Chomsky), respectivamente, tienen tiempo sosteniendo la advertencia de que los Estados Unidos se han encaminado irremediablemente hacia el Estado policiaco, protector del gran dinero, y
  2. Nuestros analistas de casa se han preocupado por documentar de manera regular la amenaza latente en la sociedad norteamericana de arraigados grupos de ultraderecha que actúan bajo la fascinación del espectro fascista, subcultura del siglo XX que, sin embargo, cultivan una vocación violentamente excluyente desde el siglo XIX.

Sobre este segundo apartado, tenemos nuestra memoria hemerógráfica que recogió evidencias de que, en la campaña de Trump, se infiltraron intereses financieros de la ultraderecha postulantes de lasupremacía blanca, algunos de los cuales fueron mencionados desde entonces como potenciales candidatos al Congreso.

Desde nuestro compromiso de análisis profesional, creemos obligada una acotación histórica. Desde que en el siglo XVIII el político y orador irlandés Edmund Burke planteó ante el Parlamento inglés el imperativo de contrapesos al poder político, abogó por la defensa de la prensa libre.

Fue en los Estados Unidos  donde, bajo el supuesto de la institución democrática, se acuñó la figura delCuarto poder para significar el valor de la crítica a los hombres de gobierno.

Retomamos esta tesis porque, en el centro de gravedad de la actual crisis política del sistema estadunidense está, precisamente, el choque de trenes entre Washington y algunas corporaciones de medios domésticas.

¿De dónde acá, algunas empresas de medios se llaman a sorprendidas por los sucesos de Charlottesville y empiezan a darse cuenta de que la mano que ha movido la cuna, es la de las facciones y bandas que tienen como ídolo a Adolfo Hitler?

Un siglo de glorificación del nazismo

El dato más actual es que en el seno mismo de Wall Street han anidado intereses que financian esas corrientes bárbaras. Se menciona con mayor recurrencia a los económicamente poderosos hermanosDavid y Charles Koch. Sólo para ilustrar el asunto.

Ese grupo plutocrático levantó cabeza desde que el republicano Ronald Reagan se instaló en el Salón Oval de la Casa Blanca, y fue caja de resonancia internacional de la llamada Revolución conservadora. En la continuidad de este proyecto, adquirió fama pública el Tea Party patrocinador económico e ideológico de varias generaciones de legisladores del Partido Republicano.

De los años veinte del siglo XX hasta la fecha, librerías y bibliotecas de los Estados Unidos están atestadas de obras que informan que, desde los años veinte, relevantes firmas norteamericanas vieron como un negocio financiar las subversivas campañas del Partido Nacional Socialista alemán, tronera desde la que Hitler se alzó con el poder.

De aquella ya centenaria historia quedan registros que consignan el nombre del Grupo Rockefeller. Individualmente, aparece el nombre del industrial automotriz Henry Ford.

Ya instalado Hitler a la cabeza del Nazismo, como corporativos que operaron mediante el lavado de dinero para dar apoyo dinerario y militar al demente austriaco, sobresalieron la Unión Barking Company Brown Brother Harriman (H. Averell, el más renombrado).