En caída libre

En la vida siempre hay riesgos.

En la vida del reportero hay más de los del ciudadano común y corriente, no solo a los que tiene que enfrentarse cuando es crítico ante poderosos y atrabiliarios gobernantes o cuando toca intereses de grupos peligrosos.

Víctimas de ambos han caído decenas de periodistas sinaloenses, cuyos nombres en este espacio hemos enumerado anteriormente.

Pero también cuando el reportero acude a dar cobertura a eventos hay riesgos… y de muerte!

Quien esto escribe y otros compañeros y amigos de la prensa mazatleca vivimos una terrible experiencia que a punto estuvo de costarnos la vida al desplomarse el avión en que volábamos al regresar de una gira de trabajo.

Fue en Agosto de 1992. Francisco Labastida Ochoa gobernaba en Sinaloa y Carlos Hank González era Secretario de Agricultura y Recursos Hidráulicos en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari.

En febrero de ese año el Presidente Salinas ordenó el inicio de la presa de Huites y hubo un acto en el que estuvieron presentes Hank González, el Gobernador Labastida Ochoa y el Gobernador de Sonora Manlio Fabio Beltrones.

Ceremonia y fotos, pero sería hasta agosto cuando se iniciaran en firme las obras de construcción del gigante hidráulico que hoy lleva el nombre de Luis Donaldo Colosio Murrieta.

Vino de nuevo Hank González pero ahora, además del inicio de la presa realizaría una gira de dos días por centro y norte de Sinaloa.

Para ello el Gobernador Labastida Ochoa invita a periodistas para cubrir la gira y pone a disposición de los que vendrían de Mazatlán un avión Cessna 421, un bimotor turbohélice que era propiedad de un grupo de agricultores encabezados por Juan Burgos Pinto, por esas fechas Secretario General de Gobierno.

Así, una agradable mañana abordamos el flamante avión los periodistas Francisco Chiquete Cristerna, Fernando Zepeda Hurtado, Juan Guízar, Felipe Guerrero, el reportero gráfico José Angel Maldonado y el que esto escribe.

Volamos directamente a Choix donde nos unimos a la comitiva del Gobernador y el titular de la SARH para trasladarnos por tierra a la boquilla de Huites y ser testigos del segundo “bombillazo” (explosión dinamitera) que, ahora sí, ponía en marcha las obras.

De ahí al avión, escala en El Fuerte para un evento y luego regreso a Mazatlán.

Al día siguiente nuevamente fue el avión por nosotros para trasladarnos a Los Mochis y de ahí a Culiacán en donde Hank González cerraba su gira.

Todo iba muy bien. Cada quien hacía su trabajo reporteril, con Ignacio “Nacho” Lara, coordinador de Comunicación Social con Labastida, pendiente de recibir el material y enviarlo a las respectivas redacciones.

A media tarde abordamos de nuevo el flamante Cessna 421 tripulado por un Capitán piloto y su copiloto, ambos muy atentos que en cada escala se colocaban a la orilla de la escalinata.

Despegó la aeronave enfilando rumbo a Mazatlán.

El grupo de periodistas regresaba animado, charlando entre broma y broma.

Todo iba muy bien. Excelente, hasta que…

En las inmediaciones de La Cruz de Elota el avión se desplomó.

¡En caída libre!

Nuestras cabezas, incluidas las de Chiquete y Maldonado que eran casi del mismo peso (¡pesado!) dieron con el techo.

Alcancé a gritarles “los cinturones… agárrense…”

Después de caer por varios segundos que parecieron minutos y hasta horas, el avión comenzó a dar tumbos hasta que finalmente se estabilizó.

Medio repuesto del susto observé por la ventanilla y les dije a los compañeros “vamos de regreso a Culiacán”.

Chiquete replicó “no, vamos a Mazatlán”.

Le indiqué la vista por la ventanilla: “mira cuando salimos teníamos el mar a la derecha, ahorita está a la izquierda”

Escuchamos entonces la voz del piloto: “si, vamos de regreso a Culiacán”.

Luego, silencio total hasta que aterrizamos y el avión entró al hangar de Gobierno de Estado.

La cortesía que observara antes la tripulación quedó en la caída libre, porque el piloto salió rápido de la cabina abrió la puerta, bajó la escalera y saltó a tierra.

Bajé tras él, estaba bajo el ala con un cigarro en la boca tratando de encenderlo y le señalé que estaba bajo un tanque de combustible. Se quitó rápido y salió del hangar.

Instantes después llegó hasta nosotros el Capitán Ignacio Gastélum, jefe de pilotos del Gobierno que antes y durante varios años trabajara para la Comisión del Río Fuerte.

Después de intercambiar unas palabras con el piloto se dirigió a nosotros y nos explicó que el avión había entrado en una nube clasificada como Cumulonimbus en cuyo interior existen  corrientes de aire hasta superiores a los 200 kph, algunas con bolas de hielo.

Caímos en una corriente descendente que nos desplomó casi 3000 pies, según nos informó el experimentado Capitán Gastélum.

La pericia del piloto y el tipo de avión turbo hélice presurizado nos salvó.

“Si hubieran volado en un avión más chico no estaríamos platicando”, nos dijo.

Al rato llegó Nacho Lara para informarse del estado de los integrantes del grupo, trasladándonos al Hotel Executivo.

Dormirán aquí y mañana por la mañana los lleva de regreso el avión.

Ante ese anuncio Fernando Zepeda exclamó: “¡Ni madre… yo no me subo ya al avión. Me voy en camión…!

Y así lo hizo.

El resto, repuestos del susto con los calmantes líquidos originarios de Francia y Escocia si volvimos a subir al avión, no con cierto recelo al pasar por la zona de La Cruz de Elota.

Pero nada, el retorno a Mazatlán fue tranquilo pues ya no había ninguna Cumulonimbus.

El susto quedó como anécdota para estos APUNTES.

Cabe señalar que la zona donde se registró este incidente es la misma en donde el avión en que años después viajaba el Gobernador Juan S. Millán sufrió otro desplome parecido.

José Ángel Sánchez López

Con 59 años de experiencia periodística, fue director de El Debate de Culiacán, El Diario de Culiacán y El Sol del Pacífico. Ha extendido su experiencia a varios noticieros de radio, aportando sus analisis y reflexiones.