Adivinando a Marcelino Perelló

No sé de qué murió Marcelino Perelló, pero lo imagino; la noticia me llegó el sábado en un escueto mensaje de un mutuo amigo: murió Marcelino Perelló. Sólo eso decía. Me la creo madre, pensé.

Desde el sainete sobre su supuesta misoginia, que tan caro le resultara, iniciaron mis sospechas; cuando lo conocí hace más de treinta años, me forme sobre él un concepto basado en nuestras similitudes: nos conocíamos bien a nosotros mismos, nos aceptábamos como animales con una fuerte tendencia al hedonismo, de ahí que éramos muy selectivos con nuestras adicciones, a ambos nos distinguía un acendrado tabaquismo del que logré librarme mientras que él, siempre con más güevos que yo, se mantuvo firme hasta el final. Quiero pensar que en su buró quedó, entre algunos magros objetos personales, la infaltable cajetilla de “delincuentes” sin filtro; salvo eso, nunca lo vi desbarrancarse por ninguna otra sustancia, ambos presumíamos de no necesitar nada más, éramos expertos en “alucinar en seco”, solíamos presumir.

Marcelí, como le decía Joel Ortega (hasta hoy supe así es el nombre en catalán), tenía rato recurriendo al pomo de forma consuetudinaria, lo cual me pareció muy raro y después se vino lo de sus declaraciones en Radio UNAM; en un primer momento, como la gran mayoría, me fui con la finta pero agarré otro rumbo: interpreté sus palabras como una provocación…una gran provocación, de esas que se usan para retirarse del teatro de la vida en los hombros de la estridencia y el escándalo, como debe hacerlo todo anarquista que tenga un mínimo sentido del orden y el decoro. ¿Por qué anda haciendo eso Marcelino? Me preguntaba un amigo común, “siento que trae una enfermedad terminal, se está despidiendo a lo grande”, respondí, pero los sucesos posteriores me hicieron bajar la guardia.

El sábado retome esa línea de especulación y llegué a sospechar que su deceso era un invento más de él, otra de sus bromas legendarias, pero el lunes en mi Facebook vi las imágenes de su sepelio y ahí aparecía Joel Ortega con una cara desesperanzadora, sin resquicios para una delirante vuelta final de tuerca. Ahora sí que éste cabrón se nos murió, acepté.

Fue en la segunda mitad de los ochentas que Perelló vivió aquí en Culiacán; durante noches interminables en la casa de Melchor Inzunza, fuimos cuatro jóvenes (Melchor, Marcelino, Vicente Jaime y yo) intercambiando especulaciones sobre mil temas, la muerte fue uno de las más frecuentes y es gracias a eso que hoy puedo afirmar que Marcelino murió sin miedo, sabía muy bien que no hay nada que saber sobre la otra vida porque no existe y ya, hicimos de “El Suicida” (poema de Borges) nuestro estandarte y nos olvidamos del asunto.

De aquellos cuatro ahora sólo continuamos dos, nos queda de legado a la muerte como parte de nuestro horizonte de sucesos, ahora sí ya no es posible hacer el tema a un lado y no podemos engañarnos: aquellas pláticas ya no serán retomadas mañana ni nunca, ni aquí ni en ninguna otra parte.

Jorge Aragón Campos

Jorge Aragón ha ejercido el periodismo radiófonico, televisivo y escrito. También ha publicado novelas, ensayos y artículos científicos. Sus columnas tocan temas que van desde lo político hasta lo cultural.