Productos políticos milagro

Tengo un buen amigo que acaba de salir airoso de un problemón de salud, me comenta que una de las peores consecuencias de padecer cáncer, es descubrir la infinita cantidad de remedios que existen contra ese mal, son tantos (agrega) que con el cinco por ciento que resulten ciertos bastarán para que nadie nunca más muera por esa razón; eso sí, todos los que te los ofrecen nunca han padecido el mal ni conocen en persona a alguien que se haya salvado.

Como ahí vienen de nuevo las campañas políticas (de hecho ya iniciaron), parto del párrafo anterior para prevenirlos sobre un fenómeno común de esas lides: la venta de productos políticos milagro.

En la actividad política al igual que en la comercial, lo que abundan son los merolicos, charlatanes que nos venden como panacea lo que nunca han usado (ni usarán) para sí, uno de los mejores ejemplos lo encontramos en la cultura, un producto tan milagroso que sirve para todo, la última aplicación que se le ha encontrado es la de remedio contra la violencia, los aspirantes de todas las fórmulas comienzan a coincidir en esa banderita más falsa que un billete de treinta pesos.

Con la cultura es común que se invierta el orden de los factores para presentarnos las causas como efectos, se pretende convencernos (de hecho lo logran) que gracias a la cultura lograremos acabar con la violencia, nos volveremos más pacíficos y civilizados y como mínimo hablaremos también inglés.

Bueno fuera.

En realidad es al revés, la cultura no es un medio para acceder a estadios sociales más avanzados, son éstos los que crean la atmosfera propicia para que las manifestaciones culturales florezcan, son muestra de salud del “ecosistema general de una sociedad” porque La cultura no elimina la violencia, ni la atenúa, ni la combate, es más le hace lo que el viento a Juárez, como bien se comprobó en la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial, cuando era el país más avanzado en artes, ciencia y educación y sin embargo subordinó esas virtudes a su drama político de aquel momento, para despeñarse en una barbarie sobre la cual ya no tiene caso ahondar.

De ese mismo momento, tenemos la anécdota en sentido contrario, cuando las cámaras inglesas propusieron, como parte del esfuerzo de guerra, suspender los recursos a la Sinfónica de Londres, a lo que Churchill respondió “jamás, que es por defender nuestra cultura que hemos entrado a esta guerra”. Ahí está el giro: la cultura no salva nada ni a nadie, está para que la cuiden y la salven.

Por lo mismo, cuidado, no hay discurso político que niegue la importancia de la cultura, pero lo hace de la misma forma que quien ofrece remedios para el cáncer: para otros, nunca para sí. Digo, hasta tenemos un presidente que no logra completar tres títulos leídos y eso que posee maestría.

Jorge Aragón Campos

Jorge Aragón ha ejercido el periodismo radiófonico, televisivo y escrito. También ha publicado novelas, ensayos y artículos científicos. Sus columnas tocan temas que van desde lo político hasta lo cultural.