Expresidentes sin fuero

Cuando negociaron con Nixon para su renuncia, el trato fue que si la presentaba no sólo evitaría enfrentar cargos por el caso Watergate, además quedaría limpio como expresidente, con todos los derechos que el cargo aún implica en Estados Unidos; y es que nuestros vecinos han logrado darle claridad a la función de sus expresidentes, se les da trato de figura de Estado, los grandes navíos de guerra sólo llevan los nombres de quienes ostentaban el cargo pero ya han fallecido, como el portaaviones Ronald Reagan y más recientemente el Gerald Ford, en general esos hombres disfrutan durante lo que les resta de vida, el sincero agradecimiento de su pueblo, lo cual, confesaba Lyndon B. Johnson, es la mejor parte de ser presidente de esa nación.

Aquí puro cuerno.

Los mexicanos siempre hemos tenido una visión torcida de la democracia, la vemos como la fuente de todos nuestros derechos particulares, sin relación alguna con una serie de obligaciones ciudadanas, además de asumirla como una especie de rifa o lotería a la que se le debe rezar con gran fe (mientras se le critica), para que algún día algún amigo (que en eso “anda”) salga premiado y “nos ayude” a que la revolución por fin nos haga justicia. En una sociedad así, como la nuestra, donde la construcción del edificio democrático sigue en obra negra, son infinitos los medianos y pequeños detalles pendientes de resolver que tenemos acumulados, y cómo no, si los más importantes aún los seguimos difiriendo cuando no, de plano, los traemos en franco retroceso. No necesito recordarles, ya tenemos la suficiente experiencia como para saber muy bien que un problema no resuelto a cabalidad, acabará por crecer hasta salirnos muy caro.

Uno de esos asuntos pendientes, en apariencia insignificante, es el de nuestros expresidentes, que desde Salinas para  acá les ha agarrado una ventolera por seguir siendo protagonistas y, exceptuando a Zedillo, siguen significando costos para el país, y no me refiero precisamente a sus pensiones. Lo acabamos de ver con Fox y casi a diario con el marido de la Zavala; de Salinas ni les platico; lo que hacen está sentando un pésimo precedente, la demostración de que la impunidad no acaba con el sexenio, la certeza de que pueden seguir provocando daños durante todos los años que les queden de vida, una especie de fuero eterno.

Quizá la solución a esto la podamos reencontrar en los antiguos griegos, que tuvieron la visión de crear las elecciones para ostracismo; algo así pudiéramos hacer con cada presidente: someterlos a una última votación al final de su mandato, para decidir como lo evaluamos y que deseamos para él. Es sólo una idea, pero algo tenemos que hacer, porque nos hacen pasar cada vergüenza.

 

Jorge Aragón Campos

Jorge Aragón ha ejercido el periodismo radiófonico, televisivo y escrito. También ha publicado novelas, ensayos y artículos científicos. Sus columnas tocan temas que van desde lo político hasta lo cultural.