2018: En medio del hoyo negro

Propiamente en septiembre -en que Enrique Peña Nieto entrega al Congreso de la Unión “sus” Criterios de Política Económica para 2018-, el Instituto Nacional Electoral (INE) emprende los preparativos preliminares de las elecciones generales del año próximo, con elección presidencial.

Las elecciones de 2018, son, en realidad, muy generales y abarcadoras: No sólo se renovará la titularidad de la Presidencia de México y el Poder Legislativo federal. Entran en el calendario por lo menos 30 entidades de la República con elecciones concurrentes, en algunas de las cuales se pone en práctica la reelección en algunos puestos de elección popular.

Si los especialistas en operaciones cuánticas o los astrónomos fueran consultados sobre el proceso que viene, es absolutamente probable que concluyeran que el proceso electoral de 2018 arranca en medio de un hoyo negro.

Un cuadro “para ilustrar nuestro optimismo”

La constelación mayor la forman unos 90 millones de mexicanos que para 2018 contarán con credencial de elector. Sobre el potencial de votantes, visto el paisaje a finales de junio, lanzaran sus ávidas fauces nueve partidos políticos con registro nacional y aún no se sabe cuántos independientes, que trataran de lograr el fíat a sus candidaturas antes de diciembre.

El catálogo de partidos nacionales puede compactarse tentativamente en dos facciones, ya perfiladas después del pasado 4 de junio. El PRI y sus tres pegotes: PVEM, Nueva Alianza (Panal) y Encuentro Social (PES). Eventualmente, podría sumarse a dicho bloque el PRD  o algunas de sus tribus que se inclinan por esa alianza.

La segunda facción, la representan el partido del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), en cuyo remolque se ha enganchado ya el Partido del Trabajo (PT).

Esas dos facciones pueden ser modificadas una vez que el PAN resuelva sobre el acoso del PRD y se sepa si va solo o prefiere ir mal acompañado.

En última lectura, la ecuación está marcada por dos tendencias: 1) Los que quieren echar al PRI de Los Pinos, y 2) Los que no quieren que llegue a Los Pinos Andrés Manuel López Obrador.

Ese cuadro prospectivo está señalado por un lastre: El cuadro ha sido prediseñado por la acerdada partidocracia instalada en el piso de remates electoral, que para nada se preocupa por la voluntad popular de los potenciales 90 millones de votantes de 2018. Se atiene, la partidocracia, a lo que los politólogos tipifican como “democracia contratada”.

Quien contra quien en el 18

Como sea, en una primera imaginaria, esos 90 millones de potenciales electores mexicanos están a expensa de una burocracia  enquistada en los órganos electorales depositarios la Ley del hierro de la oligarquía. Unos mil 500 individuos, incluido de facto al presidente de la República y los gobernadores que tienen bajo su control los institutos electorales federal y estatales,  y los tribunales correspondientes.

Con independencia de que para el 2018 sean contratados más de dos millones de ciudadanos que serán capacitados para actuar en más 300 distritos electorales federales y 40 mil secciones, su función está acotada por consejeros y magistrados electorales que tienen la última palabra sobre los resultados; especialmente los siete magistrados federales.

Esa es, a grandes rasgos, la radiografía de la democracia “representativa” a la mexicana.

Ahora bien, para todo efecto práctico, contamos con el siguiente esquema: El PRI y sus aliados tienen de su lado, a junio, al presidente de la República y 15 gobernadores tricolores (la cuota más baja en su historia); el PAN, 12 gobiernos estatales (la cuota más alta en su historia) y el PRD, tres, más un partidistamente híbrido, tentado a contender como independiente.

Para efectos cuantitativos y cualitativos, es previsible que para 2018 la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública de la Cámara de Diputados federal asigne a los órganos electorales federales unos 28 mil millones de pesos.

En la partida total asignada al Instituto Nacional Electoral estará incluido el reparto a los nueve partidos con registro nacional de una suma de siete mil millones de pesos a prorratearse, por concepto de actividades ordinarias y costos de campaña.

Peña Nieto dispondrá de ¡cinco billones de pesos!

Para 2018, eventualmente la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública de la Cámara baja dotaría al presidente priista, Enrique Peña, Nieto con más de cinco billones de pesos para el gasto federal  en el ejercicio fiscal correspondiente.

Con datos y denuncias de partidos y candidatos opositores en contiendas de 2017, particularmente en el estado de México, el gobierno de Peña Nieto dispuso discrecionalmente del gasto federal autorizado por la Cámara de Diputados para financiar la publicidad tricolor y aplicar los programas sociales federales con fines clientelares del mismo color, en cantidades aún no cuantificables.

Esa voluntad presidencial dispendiosa -discrecional- fue aupada por los siete magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). No existe un solo signo de que en 2018 vaya a ser diferente.

Los negativos del presidente priista

El déficit político de Enrique Peña Nieto radica en que, después de las cacareadas reformas trasformadoras impulsadas por el fáctico Pacto por México en el Congreso de la Unión, su registro de aprobación popular en encuestas de opinión está por debajo de 10 por ciento.

Revisados los resultados de encuestas sobre índices de confianza de los mexicanos (incluyendo las del Instituto Nacional de Geografía y Estadísticas), 82 por ciento de los compatriotas estima que la situación económica del país ha empeorado en los pasados doce meses: 72 por ciento considera que los próximos dos años será aun peor.

Con los incrementos a los precios de los energéticos, 63 por ciento confiesa que el ingreso personal y familiar no le alcanza ya para cubrir gastos básicos.

El dato más revelador, sin embargo, indica que, en la perspectiva 2018-2019, sólo 6 por ciento de los consultados espera que la situación económica sea “buena”.

A partir de 2012, el gobierno de Peña Nieto a encharcado al erario federal a un ritmo de mil 194 millones de pesos al día, colocando a granel bonos de deuda en el mercado del dinero. La suma en el periodo alcanza un billón 935 mil millones de pesos.

Con lo acumulado en sexenios anteriores, la deuda pública rebasa  los 10 billones de pesos. Por encima ya del 50 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), que los especialistas en la materia consideran un rebase catastrófico.

Un oscuro laberinto socioeconómico

Contra ese cuadro de las finanzas públicas, los órganos de evaluación de las políticas de desarrollo social, aún con la Cruzada Nacional contras el Hambre, informan que unos 80 millones de mexicanos viven por debajo de la línea de bienestar. Algunos empiezan a hablar de crisis humanitaria.

No es casual, ni gratuito, que sólo 6 por ciento de los mexicanos estime que, en los próximos dos años, la situación económica será “buena”. A secas.

En particular el Coneval, asegura que en los últimos diez años -a 2016- el promedio de ingresos mensual de los hogares se estancó en tres mil 755 devaluados pesos mexicanos. Dos mil 948 se gastan mensualmente en la canasta básica: Con los 784 pesos restantes, los hogares hacen malabares para cubrir requerimientos de vivienda, educación, vestido y calzado.

De la Población Económicamente Activa (PEA) en México, casi 60 millones de mexicanos, 52 por ciento subsiste en la economía informal o negra.

Entre niños explotados en el mercado laboral y los ninis -adolescentes y jóvenes que no trabajan ni estudian- la suma se aproxima a los 14 millones.

Reviramos hacia Centroamérica

Hacia la década de los ochenta, México era todavía considerado por los gobiernos latinoamericanos como modelo, no sólo en el renglón de crecimiento económico, sino en el de desarrollo.

Catalogado entonces entre las promisorias economías emergentes, cuando se firmó en los noventa el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) sus exégetas anunciaban el ingreso de México a las Grandes Ligas: La posmodernidad era el santo y seña.

En recientes horas, en Miami, Florida, México participó en el aquelarre que tuvo como marca de la casa: La Alianza para la prosperidad y la seguridad de Centroamérica. Obviamente, porque la frontera socioeconómica de México se ha recorrido del río Bravo hacia el sur del Suchiate.

Cuando elaboramos estas notas, en Cancún, Quintana Roo, se había instalado la asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA), en la que se fabricó un banquillo a la medida al gobierno bolivariano de Venezuela.

Pero el pasado domingo 18, el PAN y el PRD le dijeron a la OEA que no vaya tan lejos: Que agende para 2018 sus mecanismos de observación de las elecciones presidenciales en México, si de defender la democracia se trata.

Recuperamos, para cerrar, el dato de Coneval sobre el estancamiento del ingreso por hogar desde 2006. Fue, ese, el final del sexenio del panista Vicente Fox, quien al llegar a Los Pinos en 2000 blasonó que, el suyo, era el primer gobierno democrático en la historia de México.

Los presidentes mexicanos “que se hacen chiquitos”

Apenas trotaba la alternancia en Los Pinos, y el guanajuatense ya tenía una coartada: El cambio no puede ser obra de un solo hombre. En 2012, el panista Felipe Calderón proclamó que le dejaba a su sucesor un buque de gran calado; el de la economía Pero el PAN perdió la presidencia de la República.

Después de más de cuatro años de reformas transformadoras para Mover a México, el pasado 15 de junio Enrique Peña Nieto les demandó a los mexicanos no esperar a que un solo hombre o gobierno hagan los cambios para sacar a México del hoyo negro. ¡Bienvenido a la realidad!

Esta semana, Peña Nieto emprende una nueva tour al extranjero. Lo que nos recuerda al clásico joven: Mientras nosotros andamos de cumbre en cumbre, nuestros pueblos andan de abismo en abismo. ¡Ahí viene el 18! Es cuanto.