Tres Ríos

Tanto Jesús Antonio Marcial Liparoli como Juan Pablo Yamuni Robles tienen más que ganar que perder si renuncian a sus cargos de diputados integrados al Congreso de Sinaloa, porque tendrían la oportunidad de defenderse y lavarse la cara frente a aquellos que ya los etiquetan como corruptos.

Ellos dicen que no lo son, pero su pasado por la cartografía gubernamental durante el sexenio de Mario López Valdez cuanta una historia diferente.
Por lo pronto, ambos están bajo sospecha y la población sinaloense no les va a reconocer su solvencia moral si se mantienen blindados con el fuero legislativo y tendrán la marca de la bestia de la corrupción durante su travesía por el palacio legislativo y aun después de que concluyan su papel como diputados.
El tribunal del pueblo ya los juzgó y resultaron culpables de haber apoyado a una administración gubernamental que elevó la deuda pública y convirtió en un galimatías el manejo de los recursos económicos durante los pasados seis años.
En el pasado periodo gubernamental hubo uso y abuso de los dineros públicos y las precarias obras públicas se realizaron para favorecer exclusivamente a empresarios vinculados al malovismo y se realizaron obras en zonas despobladas mientras que colonias y comunidades habitadas fueron abandonadas sin inyección institucional a sus servicios más elementales.
Tanto Jesús Antonio Marcial Liparoli como Juan Pablo Yamuni Robles, están cometiendo el pecado de mentirle a la ciudadanía y tratar de engañar a sus partidos para recibir espaldarazos y no ser llevados al banquillo de los acusados como lo pide la endeudada población sinaloense.
Manufacturado en la carpintería del Partido Revolucionario Institucional, Jesús Antonio Marcial Liparoli cubrió la burbuja de su pasado como subsecretario de gobierno con Mario López Valdez y tiene mucho que ver con anomalías cometidas por ese sexenio, metiéndose de diputado sin el consenso de la cúpula tricolor y sin biografía partidista acreditada, sólo por la imposición del ex mandatario.
De hecho, en el año 2010 estuvo jugando con el Partido Acción Nacional las contras al PRI y sus candidatos a la gubernatura Jesús Vizcarra Calderón y a la presidencia municipal de Ahome, Mario Zamora Gastelum.
La osadía le fue perdonada y hasta lo encumbraron como legislador con los emblemas y fanfarrias del Revolucionario Institucional. Recibió el premio de los traidores.
Por su parte, Juan Pablo Yamuni Robles no es muy afecto a hacer las cosas bien y se le ha perdido el respeto por el lodazal que dejó a su paso por la cartera de transparencia y rendición de cuentas en el pasado gobierno.
De hecho, no desempeñó bien su papel y ahora es corresponsable de la crisis económica que enfrenta la entidad debido al manoteo y destino desconocido que se les dio a los dineros gubernamentales desde el 2011 hasta el último día del año 2016.
Lo justo y correcto es que ambos no avergüencen a sus partidos y pidan licencia, al menos temporal, para que ahora sí rindan cuantas del papel que jugaron en los cargos que detentaron durante la administración de Mario López Valdez.
Sin embargo, hay que recordar que la sinvergüenzada es la marca de la casa en el Partido Revolucionario Institucional, donde hace muchísimo tiempo no hay justicia partidaria ni mucho menos hay intención de lavarse la cara y colocar en el banquillo de los acusados a quienes como en el caso de Jesús Antonio Marcial Liparoli tienen cuantas pendientes que saldar ante la sociedad.
En cuanto al Partido Acción Nacional es muy parecido al PRI, como gotas de la misma agua turbia.
Resulta que en el PAN ningún dirigente o vaca sagrada ha levantado la mano y la voz para exigir la reivindicación política de este instituto, solicitando que se llame a cuentas a Yamuni Robles y a la vez se lave la cara y el cuerpo ante la sentencia popular que se ha dictado en su contra y que lo ubica como uno de los responsables de la perdida de dinero durante el gobierno malovista. Si el azul señala al ex gobernador, debe ser implícito el cargo para Yamuni, uno de sus cómplices.
Ambos diputados juran que son buenos políticos.
La realidad es que quieren lavarse la cara y el mono no lo hace.