Son las ocho de la noche, señor

Gabriel Zaid es un intelectual mexicano que, con el tiempo, ha ido ocupando un lugar adjunto a Daniel Cossio Villegas, como estudioso y analista del sistema político mexicano; en uno de sus textos más memorables “Son las ocho de la noche, señor presidente”, Zaid aborda el tema de la sumisión abyecta con que suelen operar en México, quienes están cercanos a las figuras del poder, describiendo las conductas que llevan a lo que, pomposamente, hoy llamamos “la burbuja”.
En ese texto, el autor nos ilustra con el ejemplo de un secretario particular del presidente de la república, quien cada que su jefe le preguntaba “qué horas son”, le contestaba invariablemente “las que usted diga, señor presidente”. Zaid concluía diciendo que un síntoma de la normalidad democrática, lo tendríamos cuando a la pregunta presidencial de “qué horas son”, contestáramos con un “son las ocho, señor presidente”.
Traspolando la anécdota a Sinaloa, creo que acabamos de tener una demostración de normalidad democrática, en el hecho de la inconformidad legal interpuesta por dos participantes del certamen Señorito Fiscal 2017, donde demandan la reposición completa del proceso, por supuestas irregularidades cometidas hasta el momento de la primera eliminatoria, que es hasta donde alcanzaron a llegar ambos inconformes. El hecho llama la atención por lo inusitado, además de romper con una supuesta verdad histórica aplicable a cualquier elección de lo que sea, mientras sea en México: “eso ya está arreglado”, se suele decir.
Pues no se ve así.
A decir verdad, en el mundo de la política mexicana las cosas dejaron de “arreglarse” con premeditación desde hace años (quién sabe qué tantos), desde entonces todo se ha resuelto gracias a la inercia que dejaron nuestros padres fundadores de la grilla; hoy, los inútiles de sus herederos se han concretado a dejar todo al garete, si la bomba no explotó antes es nada más porque hasta ahora hay quienes, después de un tiempo de observación, han llegado a la conclusión de que ya nadie arregla nada antes de aventarse al ruedo, por lo que no retribuye en nada la disciplina ante las arbitrariedades.
Son ya demasiadas las experiencias de “concursos”, donde los no favorecidos hicieron el papelón de su vida al aceptar calladamente una derrota inmerecida, hicieron el ridículo pues, sin recibir nada a cambio, salvo el desprestigio de haberse prestado a una simulación que pasó por encima de los lineamientos legales, pero procedió muy bien porque nadie se atrevió a señalar el hecho. Cada vez son más, los que encuentran más rentable mantener un buen nombre, al margen de la aprobación de una clase política que se comporta siempre como serrucho: muerde de ida y muerde de venida.
No debe extrañarnos, que cada vez sea más común ver a instituciones del Estado mexicano actuando a pesar suyo, víctimas de un conjunto de leyes propuestas y aprobadas por ellas mismas, en una época donde no se tenía la obligación de cumplir ninguna. Por eso mismo, cada vez es más común presenciar lo impensable: el gobierno reculando para enmendar las torpezas que no debió cometer nunca.
No es una mala noticia lo ocurrido aquí en Sinaloa: que ante la convicción de que todo está ya “arreglado” desde antes, haya participantes que afirmen “pues a mí no me han dicho nada, así que ahora me cumple o se joden”.
Son las ocho de la noche, señor presidente…le guste a usted o no.

Jorge Aragón Campos

Jorge Aragón ha ejercido el periodismo radiófonico, televisivo y escrito. También ha publicado novelas, ensayos y artículos científicos. Sus columnas tocan temas que van desde lo político hasta lo cultural.