Densas tinieblas sobre el asesinato de Colosio

En una extensión de las brumosas líneas de investigación sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el 23 de marzo de 1944, algunas actuaciones ministeriales se hicieron en Culiacán y Mazatlán.

Particularmente en Mazatlán, donde el día 22 Colosio presidió un multitudinario mitin costero, se revisó una abundante selección de fotografías del evento. De ahí surgió la versión del señalamiento de una tal Güera, supuesta lideresa de colonos, de la que jamás se supo oficialmente que motivaría sospecha alguna.

El expediente del asesinato de Colosio, que abarcó 68 mil fojas con 1993 declaraciones, se dio por cerrado en 2000, antes de que tomara posesión Vicente Fox Quesada. La verdad quedó sepultada en la noche de los tiempos.

En una primera fase, ese expediente pasó por las manos del mazatleco Diego Valadés Ríos, entonces procurador general de la República, removido poco más de seis semanas después de cometido el crimen; el 14 de mayo.

Valadés Ríos se caracteriza, en su desempeño público y privado, por una discreción hermética. No hay manera de comprometerlo en especulaciones irracionales.

Entre la “acción concertada” y el complot

Del crimen en Lomas Taurinas (Tijuana, Baja California), el expediente consigna varias veces la hipótesis de la “acción concertada” y del complot.

En una de ellas, se nombra al jefe de la Policía Internacional (Interpol) en México, Emilio Salas Rangel, coadyuvante entonces del subprocurador especial Miguel Montes García, ministro de la Suprema Corte a la sazón, avalado por la viuda Diana Laura Riojas de Colosio.

Cuando se dio por cosa juzgada el caso, la viuda Riojas de Colosio consideró “poco convincentes” las conclusiones inducidas sobre el homicidio.

¿”Acción concertada”? ¿Complot? Parece evidente que Mazatlán no era el escenario escogido para esa operación.

Tan es así, que Mazatlán ofrecía una oportunidad auspiciosa: El 22 de marzo, un despreocupado Colosio pidió a su cuerpo de seguridad la Blazer que le gustaba manejar.

Con los reporteros locales Francisco Chiquete y Fernando Zepeda, a bordo, rumbo al aeropuerto, quiso dar un rodeo por las colonias populares ribereñas del Estero de El Infiernillo, para revivir sus vivencias como delegado de la CNOP en Sinaloa.

La escolta era restringida. El grueso del equipo de seguridad se había concentrado en el aeropuerto. Aquí, la comitiva de campaña tuvo que resistir una larga espera.

La llamada de Manuel Camacho Solís

El candidato presidencial atendió en una cabina de la terminal aérea una prolongada conversación telefónica. Era la llamada de Manuel Camacho Solís, que declararía ese día al sonorense como candidato priista indisputable: No se hagan bolas, había declarado por esos días Carlos Salinas de Gortari.

En la tarde de ese día, Colosio ya estaba en Culiacán. En el hotel Ejecutivo, el candidato propuso tomarse la fotografía con sinaloenses residentes en la Ciudad de México y otros invitados especiales, que había sido suspendida en Mazatlán, porque la agenda se había colgado.

Antes de hacerlo, Colosio saludó de mano a esos invitados. El paisano Guillermo Fárber y este escribidor percibimos un signo: La mano derecha blanda, fría y sudorosa de Luis Donaldo. Como pescado.

Este reportero no recuerda a ciencia cierta si comentamos esa sensación a Jorge Medina Viedas o Carlos Olmos, encargados de la atención a los invitados especiales. Es que trae un resfriado, fue la respuesta.

Después de los sucesos de Lomas Taurinas, este reportero repararía en una como premonición. En 1992, Guillermo Fárber había escrito la novela A imagen y semejanza.

La narrativa de Fárber tiene como trama la construcción mercadotécnica de un candidato presidencial. El protagonista triunfante termina asesinado. Por alguna inexplicable sinrazón, la mayor parte de la edición (Siglo XXI) permaneció almacenada.

La “misteriosa llamada” del 23 de marzo

Premonición o no, al amanecer del 23 de marzo en Culiacán, Colosio abandonó las regaderas de su suite, para atender una llamada desde la Ciudad de México. Se le emplazaría a renunciar a su candidatura. Obviamente, Colosio se negaría.

Lo haré el 21 de agosto (de 1994), habría contestado. Ese día sería la de la elección presidencial. Versiones públicas abundan que señalan al jefe de la Oficina de Presidencia, José María Córdoba Montoya, como el autor de aquella imperativa llamada.

Días después del 23 de marzo, Salinas de Gortari acreditó a su colaborador de confianza como delegado de México ante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

En el transcurso de la indagatoria del asesinato de Colosio, al paso de varios fiscales especiales, llegaron a sumarse hasta 42 “líneas de investigación”. Una de ellas, se enfocó a más de 40 policías retirados o en activo que formaron el TUCAN: Todos Unidos contra Acción Nacional.

Entre descartes y descartes sospechosos, la hipótesis de la “acción concertada” sostenida y retirada por Miguel Montes García, la rescató el subprocurador Pablo Chapa Vezanilla, segundo de abordo del procurador Fernando Antonio Lozano Gracia, el panista a quien el presidente suplente Ernesto Zedillo Ponce de León (coordinador de la campaña de Colosio) le confió la pesquisa que abarcó desde el asesinato del cardenal Posadas Ocampo (1993) y de José Francisco Ruiz Massieu, seis meses después del crimen contra Colosio.

Chapa Vezanilla terminó envuelto en el ridículo.

Y aparecieron hasta tres Marios Aburto

Para entonces, las especulaciones desbordaban la imaginación: Llegó a hablarse hasta de tres Marios Aburto, aunque sólo a uno se le indició y sentenció.

El primero, indiciado y sentenciado después, fue sacado la noche del 23 de marzo del despacho de la Delegación de la PGR en Tijuana, por el entonces gobernador Manlio Fabio Beltrones Rivera, quien verbalmente se acreditó como “enviado presidencial”.

La oficiosa intromisión del sonorense se sobrepuso a la de 15 personas autorizadas que en aquellas horas trágicas interrogaron sin interrupción a Mario Aburto. Después, “el presunto responsable”, confinado en el Penal de Almoloya, diría a los jueces que no estaba en facultad de recordar qué confesiones se le arrancaron durante aquellos incesantes interrogatorios.

Nunca se aclaró el nombre de un etéreo personaje que, sin ser funcionario policial, se trepó al avión en que Aburto fue trasladado a México.

Como sea, apenas unos días después, el 4 de abril, empezó una cadena de asesinatos de testigos clave de aquel suceso, incluyendo a un director de seguridad de Tijuana.

El gobernador de Baja California, Ernesto Ruffo, ahora senador panista, y el alcalde de dicho municipio del mismo partido, Héctor Osuna, después gobernador del estado, habían sido marginados de la investigación que fue atraída por la PGR.

El imperio de la delincuencia organizada

Los hemos dicho en otras ocasiones: Los crímenes de Estado son de imposible aclaración y castigo. No conviene a “la salud” del sistema político establecido.

Sólo recordaremos, para cerrar el tema, una frase que en el recinto del PRI se escuchó dos años después de que El caso Colosio fue cerrado en el 2000, a propósito de la elección de dirigentes nacionales tricolores: Operación del crimen organizado. Es cuanto.