El Tiburonario, “hazaña” de Sevilla; el papel de su hermano Jacobo

El Tiburonario, tema de corrupción escandalosa que mancha a santurrones azules, resume los problemas de la obra pública en el sexenio de Mario López Valdez: excesiva lentitud en los trabajos; encarecimiento de las instalaciones debido al retraso; ineptitud oficial y mala calidad de los materiales, que no justifican el costo final.

Pero la obra “cumbre” en Mazatlán, que en realidad inició en el sexenio de Jesús Aguilar Padilla y se prolongó inexplicablemente durante los seis años de gobierno de Malova, también descubre un protagonista detrás del titular de Obras Públicas y que supo evitar -hasta ahora- que lo alcancen las culpas del régimen, algunas con nivel de desastre. Es Jacobo, el hermano y guía del secretario José Luis Sevilla Suárez.

Jacobo Sevilla es señalado por profesionales de la construcción como el verdadero -y blindado- conductor de la obra pública sexenal, explotando su ascendiente sobre la figura de adorno de su hermano José Luis. Este quedó como parapeto para recibir las posteriores quejas y denuncias, porque atrajo el lucimiento y las responsabilidades en un mismo paquete al acaparar el control de las licitaciones y firmar los compromisos para mostrar su poder sexenal. Todas las evidencias escritas lo involucran porque rubricó todo lo que hizo el gobierno en su cartera.

Más político y mejor relacionado, Jacobo Sevilla tuvo en su hermano una especie de títere a modo, de su absoluta confianza, en la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, mientras dedicaba su atención a los negocios dentro y fuera del gobierno comprometido con el clan de los descendientes de Jaime Sevilla Poyastro, a quien ponen demagógicamente como guía de sus trayectorias.

Pero Jacobo y José Luis no aplican la premisa ciudadana de su padre, que afirmaba: “lo único que se debe presumir es hacer bien el trabajo”. El ideario de don Jaime no tuvo vigencia en el paso de sus hijos por el régimen malovista. Por supuesto que la papa caliente que es el Tiburonario no corresponde a esa frase emblema del padre de los hermanos mencionados. Por su manoseo del proceso de construcción, José Luis es el encargado de dar todas las explicaciones del despilfarro y el caos de la obra carísima y de pésimo acabado, a pesar de su largo periodo de edificación. Ahí los años no sirvieron para cuidar los detalles, sino para dañarlos, bajo la supervisión y control del ex secretario Sevilla.

Por su carga de responsabilidades, José Luis ha debido salir a hacer aclaraciones sobre todo el proceso de la obra, porque dirigió desde la licitación hasta el último brochazo de pintura.

Ese protagonismo de José Luis Sevilla hoy se convierte en obligación de puntualizar las aclaraciones necesarias.

Es sabido que los Sevilla obtuvieron de Mario López Valdez inmensos beneficios en reciprocidad al apoyo que dieron a su campaña, poniéndole mano a los más grandes proyectos del gobierno.

Pero Jacobo no tuvo charola ni firma que lo obliguen a dar la cara, porque trabajó a prudente distancia, en su papel de autor intelectual de lo más importante que se hizo a través de la dependencia encomendada a su hermano.

Para José Luis Sevilla, en cambio, vienen semanas y meses de muchas aclaraciones si es que el gobernador Quirino Ordaz Coppel en verdad se anima a llamar a cuentas por las obras que sangraron al estado y que fueron manejadas en la oscuridad de los negocios más réprobos.

Destacan en el expediente del Sevilla funcionario otras obras faraónicas, como el nuevo estadio de béisbol de Culiacán y el Teatro Ingenio de Los Mochis.

Si tal vez no existan elementos para investigar a Jacobo Sevilla, porque supo operar sin dejar huellas visibles de sus actos, consciente de que las ideas y las órdenes, si son verbales, no dejan rastros fáciles de seguir, fuera del gobierno existen otras realizaciones de Jacobo que muestran su perfil.

Ejemplo: creó una urbanización en Nuevo Altata, de lo más exclusiva del lugar, que atrajo a la élite de los acaudalados sinaloenses de reducida clase premier, confiados en el dictamen técnico de Jacobo de que podían comprar grandes lotes frente al mar, sobre suelo firme, seguro para edificar palacetes de descanso.

El caso es que esto no resultó cierto. Los terrenos no resisten los castillos porque son arena, como le consta a Javier Salido, que construyó una confortable residencia, que disfrutó poco tiempo. La mansión se vino abajo.

El caso no detonó un escándalo porque el dueño de El Debate no se sintió afectado en su inmenso poder acumulado en el sexenio malovista y llegó a un buen arreglo con Jacobo, para “no hacer olas”. Es que en ocasiones a los ricos no les gusta que se sepa que “les vieron la cara”. Además, los iguales siempre arreglan sus diferencias en privado.

A pesar de ello, los hechos trascienden porque ya hay voces que rompen el silencio que se quiere imponer a Sinaloa.

Irma Tirado Sandoval fue simple demagoga cuando dijo que su camarilla priista estaba “dignificando la política”, sólo por retener unas cuentas públicas, que en realidad guardan para borrar peculados e irregularidades.

En lo esencial, el Congreso local no tiene voz para denunciar las peores agresiones a la paz social, sólo para no mover la poltrona en que se mece Quirino Ordaz Coppel, quien, desde el tercer piso de palacio deja que el fuego destruya la paz social, creando una oda a la tragedia que tiene el coro de los legisladores cómplices, federales y locales.

Los dos congresos, de la Unión y el del Estado, tienen facultades constitucionales para ser invocadas cuando el orden se trastoca y el pueblo pierde su derecho a la seguridad y al libre tránsito hacia todas las actividades que debe desarrollar.

Pero senadores y diputados federales callan como cómplices, con una sola excepción, la que justifica la regla.

Los sinaloenses en el Congreso de la Unión, lo mismo que la mayoría servil en el legislativo sinaloense, manchan una vez más la política, el derecho y la justicia para no inquietar a un gobernador sin autoridad y sin decisión para guiar un estado que, ya se comprobó en menos de 40 días, no es de su talla: le queda muy grande.