El PED que necesitamos

Los tiempos para los gobernantes se han vuelto cada vez más cortos, no en el sentido formal, pero si en el sentido real. Los hechos cotidianos son vertiginosos, acelerando  el paso de los días y comprimiendo el transcurrir de las horas,  acortándose los tiempos para la aplicación de la mesura y la toma de decisiones. Hoy el gobernante debe actuar rápido, con eficacia y sobre todo, con claridad en los objetivos y metas de gobierno. Las tareas de la administración pública se han complicado.

Todavía en el sexenio anterior el ejecutivo contó con el respiro de 100 días para ofrecer su Plan de Desarrollo Estatal (PDE), en aras de someter a la sociedad sus compromisos como gobierno instituido, fijando con ello la ruta a seguir y con qué tipo de recursos lo iba a conseguir. Contó con el lujo de señalar ejes, objetivos generales y estratégicos y clase de indicadores para medir los alcances de la tarea gubernamental.

El gobierno actual apenas lleva 45 días y ya muchos de los slogans y compromisos de campaña deben ser revalorados y reorientados. Una agenda inspiradora de confianza ciudadana implica la realización de acciones diferentes y de contraste. Y eso tendrá que representar costos y hasta la readecuación de responsabilidades con los grupos que ya cedieron su lugar. La corrupción, por ejemplo, que parecía ser administrada bajo un ambiente somnífero, tendrá que ser valorada en un marco con variables más dinámicas y arriesgadas. También el caso de la seguridad tendrá que ser abordada con ópticas más atrevidas, por la agudización de este fenómeno, sin lesionar el delicado tema de los derechos humanos.

La causa principal de este aceleramiento procede del exterior y obedece al reacomodo que implicará la política migratoria, comercial y de seguridad de los Estados Unidos. De este tamaño es el desafío que debe de enfrentarse. Por eso, los términos del PDE deben refrescarse y reorientarse. Incluso antes de darse a conocer, e incluso antes de haber nacido.

Al inicio el binomio corrupción –empleo tenía su atractivo indudable. El discurso de la transparencia y la rendición de cuentas cobraron un significado diferente y dejaron de ser palabrería hueca. En la Auditoría Superior del Estado y en el nombramiento de un fiscal anticorrupción se dejó el éxito de una política pública con un elevado contenido social. En el caso del empleo parecía bastar con la designación de un empresario en la Secretaría de Desarrollo Económico para alcanzar la anhelada meta de la generación de empleos por miles.

Sin embargo, los esquemas preconcebidos saltaron en añicos. El discurso sobre la corrupción envejeció muy pronto y los empleos comenzaron a generase, pero bajo el paraguas de la temporalidad. Y para mayor preocupación, el tema de la seguridad se desplazó hacia un primer plano. Todo ello a un ritmo vertiginoso.

Todo lo anterior, sin duda, ya habrá sido observado por los estrategas del gobierno en turno, para confeccionar un documento útil y realmente orientador. Ojalá sea así, porque la percepción, que en política es igual a realidad, es que el principio de Peters está siendo alcanzado muy rápido, por esta comunidad pensante y, de ser así, quienes sobrellevarían todo el peso de esta ineficacia serían los sinaloenses; por eso, esperemos que no sea el caso y el PED que en su momento sea dado a conocer, sea congruente con la realidad que nos afecta a todos.