Aborta el llamado a “la unidad en la diversidad”

En el centro de este tema, está un hecho como catedral: El grupo dominante en México -en la política como en la economía-, ha dejado de darse “baños de pueblo” desde que se implantó el modelo neoliberal.

En el aciago y largo periodo de casi tres décadas neoliberales, el establishment ha puesto todos los huevos de la comunicación política y de la comunicación social en la canasta electrónica: La consecuencia más visible y deprimente, es que el presidente Enrique Peña Nieto tiene un registro de 88 por ciento de reprobación de su gestión, según lo reporta la mayoría de los estudios demoscópicos.

Ilustremos el asunto con algunos datos duros, resultado de una reciente encuesta del Instituto Federal de Telecomunicaciones:

Poco más de 98 por ciento de los hogares mexicanos, unos 27 millones, cuentan con un aparato de televisor: 80.9 de las personas sintoniza canales de televisión abierta como fuente de entretenimiento. Se reparten la audiencia Televisa, con su canal Estrellas (64 por ciento) y TV Azteca (47 por ciento). En TV abierta, se prefiere los noticiarios (56 por ciento).

Por los mismos pisos metropolitanos de las televisoras predominantes circulan indistintamente los mismos sedicentes líderes de opinión.

Con ese potencial de medios-audiencia, se daría por garantizado el buen éxito de cualquier convocatoria trasmitida por los corporativos que forman el duopolio televisivo, sus repetidoras  y cadenas concurrentes.

Resulta lógico que los “líderes de opinión” que convocaron desde la Ciudad de México y capitales de los estados a las megamarchas de México vibra y su contraparte encabezada por la organización civil Alto al secuestro, confiaran en el espectro electrónico para esperar una gran respuesta social el 12 de febrero.

Las universidades, tomaron una causa que no era suya

A la cargada -afán de protagonismo-, sin consulta con la comunidad a la que dice representar, se sumó el rector de la UNAM, Enrique Grau. Se subraya este dato, porque solo la máxima casa de estudios, entre personal académico, trabajadores administrativos y alumnado, cuenta con una población de casi 340 mil individuos.

En este punto vale una acotación: Aunque la convocatoria de México vibra tuvo su origen en cubículos de las cúpulas empresariales, principalmente en las organizaciones Mexicanos Primero y Mexicanos contra la Corrupción (catalizadas por el Instituto Mexicano de la Competitividad, así como Transparencia Mexicana, del especulador George Soros), de última hora se pretendió que las convocantes de origen eran las universidades, tanto públicas como privadas, a saber:

La propia UNAM, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), la Universidad Panamericana (UP, de la que es egresado Peña Nieto), la Universidad Iberoamericana (UIA), la Universidad del Valle de México (UVM), la Universidad Autónoma de Guadalajara (UADG, sede de Los tecos), El Colegio de México (Comex),  el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), etcétera.

Sólo con la población de esas instituciones académicas y padres de familia, estaría garantizado un mínimo de un millón de personas en la “movilización nacional”. En realidad, los organizadores esperaban tres millones de personas.

Huelga decir que el móvil del llamado, era mostrar el músculo popular antes las amenazas y afrentas contra México del nuevo presidente estadunidense, Donald Trump. El lema de la convocatoria de factura empresarial, fue el de Unidad en la diversidad.

El resultado de dicho llamado no pudo ser más elocuente y desencantador. Según lo reconocieron voceros ambos frentes convocantes, la asistencia en la sede de los Poderes de la Unión apenas alcanzó 20 mil participantes, no obstante que el gobierno del PRD en la Ciudad de México restringió las rutas dominicales de las regulares jornadas de ciclistas y corredores de a pie aficionados, y se tomó providencias contra la irrupción de los anarquistas que vandalizan las manifestaciones sociales en la capital.

Final grotesco del espectáculo

Con un agravante: La marcha que partió de la Alameda Central hacia la columna del Ángel de la Independencia, para converger con la de México vibra, que partió a su vez desde el Auditorio Nacional, estuvo a punto de culminar con el linchamiento de la señora Isabel Miranda de Wallace, presidenta de Alto al secuestro, cuya retirada de la movilización fue exigida al grito anónimo de ¡Asesina!

Dicha marcha tuvo un final grotesco: La señora Miranda explicó que su huida, fue motivada porque previamente había recibido por las redes sociales amenazas de muerte y entre su contingente se detectó a un individuo vestido de mujer, supuestamente dispuesto a matarla. Signo de paranoia.

Como sea, ya en “el Ángel”, todos se olvidaron de cantar el Himno Nacional, broche de oro de la esperada pero fallida megamarcha, como mensaje plástico y sonoro al nuevo inquilino de la Casa Blanca: Se habían repartido entre los participantes, réplicas de la Bandera Nacional.

No hay nada de qué alegrarse por el fracaso de esas movilizaciones ya que, ante las acechanzas reales del nuevo paladín del imperio vecino, se requiere, en efecto, de unidad nacional.

La eterna pugna entre facciones

Sin embargo, en una entrevista a finales de enero, el calificado historiador y politólogo, Lorenzo Meyer, había advertido que un llamado a la defensa de la soberanía nacional, sólo podría prosperar con la presencia de un líder dispuesto a hacer suyo el clamor popular. No lo hubo… ni lo hay.

El también historiador y editor de la revista Letras Libres, Enrique Krauze, animador de la marcha de México vibra, la misma mañana dominical publicó un texto bajo el rubro: Desunión nacional.

En su texto, Krauze hace referencia a lo ocurrido a México en 1847, en que fue despojado por los Estados Unidos de la mitad de su territorio. “La lección del 1847 es clara: El pueblo estaba dispuesto a combatir, pero las facciones políticas y las élites rectoras fallaron”.

Ahora como entonces, escribe el historiador, con  todas las diferencias, el peligro está a la vista y es mayúsculo. Justamente por eso, las facciones políticas y las élites (políticas, empresariales, mediáticas, sindicales, académicas, intelectuales) deben actuar poniendo el interés de la nación por encima de sus intereses particulares. No todas lo están haciendo”.

Advertencias contra El peligro Trump

Citas aparte, aquí mismo y en otros espacios editoriales que nos dan cabida, hemos dejado constancia de algunas advertencias relacionadas, precisamente, con El peligro Trump.

Hemos apuntado que la amenaza anaranjada instalada en el Salón Oval de la Casa Blanca apareció en el peor de los mundos posibles para México: La pugna entre partidos políticos e individualidades “independientes” por la sucesión presidencial de 2018.

No sólo hemos señalado lo anterior: Siendo inminente el surgimiento del magnate estadunidense desde las elecciones primarias de los partidos Demócrata y Republicano, el gobierno mexicano adoptó una ofensiva injerencista, movilizando a los “líderes de opinión” en contra de las expectativas reales de Trump.

Paradójicamente, cuando desde entonces resultaba un imperativo la convocatoria a  unidad nacional, el gobierno mismo se aplicó a cambiar de caballos a mitad del río, desplazando o enrocando a los presidenciables del gabinete, introduciendo factores de disrupción que quebraron la unidad de mando presidencial.

México quedó en manos de pilotos de noche

Ya con Trump en la Casa Blanca, el gobierno mexicano porfió en sus disparates, cayendo en el juego del gato y el ratón con el mentado muro. Ni siquiera para la defensa del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) hubo el diseño de un Plan B, que quedó triturado en embrión a puros golpes de ciego.

La nave nacional, pues, quedó en manos de pilotos de noche, que han tomado por asalto todo el horario y todas las pantallas televisivas para hablar de soberanía y de justicia frente al insolente gigante norteño; retórica estridente, que se ha reducido a la defensa de las remesas que envían a México nuestros perseguidos transterrados en los Estados Unidos.

Aún más: Contra ciertos detractores, consideramos una iniciativa inviable el llamado a la unidad nacional (el lema fue  Unidad en la diversidad), en la que se pretendía meter en un mismo saco a explotadores y explotados: A la casta económicamente privilegiada y a millones de desempleados y ocupados a salario mínimo sin el beneficio, siquiera, de la Seguridad Social.

En un mismo costal, repetimos, a los que han usufructuado hasta el hartazgo  las ventajas del TLCAN y los parias afectados por este depredador instrumento de intercambio comercial, en el que jamás se defendió la cláusula de libre tránsito de la mano de obra.

Un paraguas hecho a la medida del régimen

En víspera de las fallidas megamarchas, los más visibles organizadores se enfrascaron públicamente en sus propias e innobles contradicciones: Suprimir cualquiera ataque a la investidura presidencial y no alborotar la bitachera con denuncias contra la corrupción o la violencia.

Los oradores, si los hubiera, y las pancartas, no tocarían esos temas que tienen a la sociedad mexicana profundamente polarizada. Se trataría entonces, como en los regímenes totalitarios, de implantar el dogma del pensamiento único; lo mismo para los de arriba, que lo dictan, pero sobre todo, para los de abajo, que deben mansamente acatar.

¿Cuál es el punto más recurrente invocado por los convocantes a la unidad nacional de los mexicanos? Que Donald Trump es congruente, ya como gobernante, con su discurso de campaña electoral, asignatura extraña entre los políticos nativos que olvidan sus promesas de campaña para enfangarse ipso facto en sus mezquinos placeres vicarios que aquí son marca de la casa del poder político.

No todos los días nace en México un Benito Juárez

Los publicistas electrónicos más enconados de las ahora fallidas movilizaciones, fueron tercos en incitar al gobierno a asumir una actitud de beligerancia contra el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Expresaban su urticaria contra lo que consideraban una actitud pusilánime ante lo que fueron amenazas y hoy van rumbo a los hechos consumados.

Perdieron de vista, esos exacerbados publicistas, que una posición plenamente beligerante ante el enemigo externo, sólo puede adoptarla un verdadero líder.

En el paisaje mexicano no se ve una reencarnación del ecuánime pero inflexible restaurador de la República, Benito Juárez, por más que ahora esté en boca de todos, la máxima de que, entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz. Demasiado tarde. Es cuanto.