Evolución social

 

Esta semana seremos observadores tristísimos del comienzo de una nueva época. A partir del día 20, cuando el iracundo Donald Trump jure ante la biblia se convertirá en el presidente número 45 de los Estados Unidos de Norteamérica. Sólo sus seguidores fanáticos y el presidente  Putin de Rusia estarán exultantes, pero para el resto de los mortales, incluso a escala planetaria, se cernirá sobre ellos un manto de preocupación.

Los mexicanos pasaremos de la vecindad inquietante a la dura realidad de un vecino en pleno siglo XXI no quiere nada con nosotros y dispuesto a emprender acciones para que nos demos cuenta de la peor manera. En efecto, la vecindad con Estados Unidos nunca ha sido fácil, sobre todo a partir de 1848, cuando la mitad del territorio mexicano nos fue arrebatado, aprovechándose de la debilidad entonces imperante en nuestro país; sin embargo, había actividades consentidas, como el paso de pobladores autóctonos en busca de trabajo al norte de la frontera a lo largo de muchos años.

Todo apunta hacia la terminación de esta aceptación forzada. El magnate neoyorquino ya declaró que el primer día de su mandato iniciará la construcción de un muro en la frontera con México, para evitar, al máximo, la irrupción de pobladores que para ellos son indeseables. Y de manera simultánea el encargado de la política interior encabezará la deportación masiva de mexicanos, que viven en Estados Unidos sin documentos.

El retorno de mexicanos es un mal augurio. Implica que el envío de remesas disminuirá y la pobreza en México se elevará, particularmente porque los dólares provenientes de esta fuente, van destinados a sectores muy marginados, quienes al carecer de este ingreso agravarán sus condiciones sociales. No solo eso. La reducción de remesas implicará escaso o nulo poder de compra de los actuales receptores, afectando todavía más, el mercado interno que, adicionalmente será afectado, con la revisión de los términos del TLC y una eventual cancelación de renglones fundamentales para la economía de México, como las actividades agroalimentarias y automotrices, que actualmente contribuyen con signo positivo a la balanza de pagos.

Lo anterior no es poca cosa, si consentimos en la necesidad de ampliar el mercado interno con acciones propias, conscientes de que la corriente de dólares en manos de este sector se reducirá. Frente a este panorama no queda otra opción que la intervención gubernamental con la ampliación de programas de carácter social, lo que implicará el aumento del gasto público, un déficit gubernamental y un aumento en el endeudamiento interno y externo.

En otras palabras, al sector gubernamental no le conviene la repatriación de connacionales porque su presencia contribuirá a gravar variables económicas que ya están en el límite, ni tampoco les conviene a los mexicanos que perciben un salario mínimo, porque la existencia de una oferta de trabajo mayor a la demanda, podría ocasionar un estancamiento y hasta una reducción de los salarios, provocando mayor pobreza en los sectores más desprotegidos.

Y sin embargo, todo apunta a que así sucederá. Por eso el desánimo y preocupación de los mexicanos. Solo faltan cuatro días para constatarlo. Por lo pronto, solo hay razones para alimentar el pesimismo. La pesadilla del triunfo de Trump se volvió realidad y sus secuelas ya están en marcha: ya afectó inversiones en San Luis Potosí y también puestos de trabajo que la misma iba a generar. Y esto es apenas el comienzo. Será por eso la ebullición social en México?