Identidad nacional, ¿con qué se come?

Desde luego -en eso del libre albedrío y sobre todo en nuestra irreprochable democracia mexicana-, cada quien tiene derecho a escoger sus muertos favoritos.

En estos días “de duro cierzo invernal”, la burocracia federal escogió a Rafael Tovar y de Teresa. Es posible que algunos de los que expresaron “su profunda consternación” por su fallecimiento, no hayan leído ni las solapas de los libros que recogieron su bella obra. La cuestión era aparecer a cuadro televisivo en “vivo, en directo y a todo color”.

La televisión no riñe necesariamente con la autenticidad, pero suele servir a la farsa. Los enormes méritos de Tovar y de Teresa son incuestionables. Pero algunos de los que derramaron lágrimas de cocodrilo por su muerte, le negaron al difunto la liberación de una Ley de Cultura, para darle institucionalidad a la Secretaría y definir una política pública en la materia.

Quisieron pasar por alto, esos farsantes, que Tovar y de Teresa fue llamado a la secretaría del ramo cuando el secretario de Educación, Aurelio Nuño Mayer declaró que no tenía tiempo para la cultura. Ni para aprender a ler.

Unos más ilustres que otros

En eso de escoger a los muertos para homenajearlos, la voluntad es selectiva. No vimos el mismo baño burocrático de cenizas en ocasión de la muerte del  aplicado y combatiente sociólogo Rodolfo Stavenhagen.

Este investigador no cayó en la tentación de capitular en su vocación y militancia al lado de Los condenados de la Tierra; para el caso, los latinoamericanos. Específicamente los pueblos originarios. Concretamente, los indígenas mexicanos: Los del México profundo.

Entre las décadas de los setenta-ochenta del siglo XX, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) surgió el movimiento por una Nueva Sociología.

Nueva, porque constituía una denuncia contra el modelo sociológico clásico, orientado a dar a la clase dominante las armas incluso sicológicas para profundizar la dominación de los de abajo.

Se trataría de invertir los términos: Poner en conocimiento de la clase dominada el origen, desarrollo y conductas de sus explotadores, para incitarlos al combate de clase.

Los entonces jóvenes sociólogos abrevaron en las investigaciones y toma de posición de maestros como Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen.

González Casanova permanece activo y su ejemplo de congruencia es incorruptible.

La denuncia del colonialismo interno

De la obra de esos insustituibles sociólogos mexicanos, una preocupación debiera ser guía-agenda de combate social y político en nuestros días de neoliberalismo depredador: La disección de las putrefactas entrañas delColonialismo interno.

Hace medio siglo, Rodolfo Stavenghagen publicó un ensayo bajo el título Las Siete Tesis Equivocadas sobre América Latina en el que aborda la Teoría de la Dependencia.

Un solo  concepto subrayamos en la estrechez de un comentario periodístico:Los pueblos originarios permanecen oprimidos por las clases dominantes… Es la marca de la casa del colonialismo interno, ahora ejercido por los neoliberales.

Publicado el ensayo en 1965, el verbo permanecen no ha sido sustituido. Acaso la diferencia de grado, consista en que los pueblos originarios vistos hace medio siglo apenas servían para la promoción del folclor mexicano.

La bestialidad del neoliberalismo tecnocrático en esta época de postmodernidad, no se compadece de la barbarie de la Conquista y la Colonia: Los sicarios de hoy no se distinguen de Nuño de Guzmán más que por la sofisticación de los artefactos de exterminio.

Hablan de identidad nacional… y se quedan tan campantes

De la biografía de Tovar y de Teresa se destaca hoy ritualmente su obra cultural orientada a “la preservación de la  identidad nacional”.

¿Se puede hablar de identidad nacional cuando, tope en el mandato de la Constitución que habla de la Nación como una composición pluricultural “sustentada en los pueblos indígenas”, la fuente originaria de tal identidad es atacada y devastada para expropiar su patrimonio y exponerlo al saqueo extranjero?

Resulta excesivo pedir a los actuales hombres del poder político cuya misión es la Educación,  un mínimo de integridad intelectual si, a confesión de parte, niegan tener tiempo para atender la cultura.

Lo más que se les puede exigir, es que no pierdan la oportunidad de guardar silencio. Misión imposible. Es cuanto.