Imperativo, el respeto a las Fuerzas Armadas

2018: Año en que viviremos en peligro

En el registro histórico de 2006 del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación consta que, aun descontados los votos por candidatos no registrados y nulos, el panista Felipe Calderón Hinojosa libró su nombramiento de Presidente de la República con la mínima diferencia de 0.56 por ciento.

Siete de cada diez análisis de expertos en procesos electorales y disciplinas de Defensa y Seguridad Nacional coinciden en que, ya investido con el carácter de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas mexicanas, el 11 de diciembre Calderón Hinojosa apeló a la declaración de guerra contra el crimen organizado en busca de legitimidad a su controvertido incipiente mandato.

En la biblioteca de la Fundación Rafael Hernández Preciado (PAN) abundan materiales que revelan que, en 1997, durante la gestión de Calderón Hinojosa como jefe nacional azul (1996-1999), se publicaron serias advertencias sobre los riesgos de involucrar al Ejército en tareas de Seguridad Pública y expresamente en el combate contra el narcotráfico.

Esas investigaciones, especialmente de académicos extranjeros, concluyeron que la exposición militar en la represión a los cárteles de la droga, además de violentar las relaciones de las Fuerzas Armadas con la sociedad civil, las hacían vulnerables a los métodos de corrupción del crimen organizado.

Y se abrió La Caja de Pandora

En ese periodo, el editor responsable de publicaciones de orden teórico-ideológico del PAN era el intelectual yucateco Carlos Castillo Peraza, mentor de Calderón Hinojosa, quien a su vez, aparecía en el directorio de dichas ediciones.

De lo anterior, se colige que el michoacano actuó con pleno conocimiento de causa al abrir en diciembre de 2006 La Caja de Pandora.

El minado terreno en el que se introdujo Calderón Hinojosa ya estaba desbrozado. Su antecesor, el también panista Vicente Fox Quesada, había embarcado a México en la Iniciativa Mérida, reproducción del Plan Colombia, impuesta a nuestro país por El renacido George W. Bush.

Apenas días después de la declaración de guerra, especialistas en la materia expresaron su alarma porque Calderón Hinojosa precipitó las operaciones sin haberse hecho un trabajo de Inteligencia previo, de lo que seguía que no se podía hablar, en estricto rigor, de una estrategia que garantizara siquiera un mediocre éxito.

Los Kaibiles, el huevo de la serpiente

Conviene, a efectos de este tema, consignar un antecedente: Durante el sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León, éste ordenó una selección de activos del Ejército mexicano para enviarlos a campos de entrenamiento en las selvas guatemaltecas, donde el gobierno del vecino país capacitaba cuadros de élite conocidos como Kaibiles.

Los elementos castrenses mexicanos formados en aquellas bases guatemaltecas y que aquí constituyeron los primeros Grupos Aerotransportados Especiales (Gafes), quedaron en la mira del

Cártel del Golfo, que empezó a reclutarlos a su servicio con la etiqueta de Zetas.

Al tiempo, la Secretaría de Seguridad Pública federal detectó, en particular en Chiapas, la incursión de Kaibiles guatemaltecos. Luego fueron vistos en Michoacán.

De los Zetas derivó otro fenómeno más grave. Al independizarse del Cártel del Golfo, esa formación criminal dio cartas de naturaleza al sicariato. Los asesinos a sueldo, para decirlo pronto.

La operación Rápido y Furioso

No es un dato precisamente accesorio recordar que, paralelamente, agencias gubernamentales de los Estados Unidos lanzaron la operación Rápido y Furioso, consistente en el trasiego de armas a los cárteles de la droga mexicanos por los circuitos de la frontera norte.

La coartada de funcionarios públicos estadunidenses fue que, siguiendo la trayectoria de esos embarques, en su destino final se daría con los altos jefes del crimen organizado.

Sólo con la ejecución de agentes de Aduanas del vecino país en territorio mexicano se puso a flote lo que, en el argot norteamericano, se tipifica como conspiración.

Para entonces, se supo también que el gobierno de Calderón Hinojosa había autorizado sigilosamente la incursión sobre cielos mexicanos de drones. “Sólo para casos excepcionales”, dijo la Secretaría de Gobernación.

Aquellas naves, operadas digitalmente, en las guerras de Medio Oriente han probado su mortífera eficacia. Se especula que algunos de los cárteles mexicanos ya las tienen en su arsenal, al lado de misiles y otros artefactos de los que no disponen ni siquiera las Fuerzas Armadas.

Civiles inocentes, daños colaterales

Los monstruosos saldos de la guerra calderoniana son de sobra conocidos. Únicamente subrayaremos el dato de que, para el ex Presidente, las víctimas inocentes de esos combates fueron remitidas al casillero de daños colaterales. Un mero rótulo.

Sin plantearse una juiciosa reflexión sobre la tragedia, que autoriza a hablar de crisis humanitaria, el gobierno de Enrique Peña Nieto, quien el 1 de diciembre de 2012 ofreció a la sociedad Un México en paz, por mera inercia le dio continuidad a ese modelo de guerra, que los conocedores de la temática catalogan como “de baja intensidad”.

Pretendida legitimación de la narcoinsurgencia

Peor aún: Lejos de considerarse un lapsus, altos funcionarios del gobierno de Barack Obama han pretendido implantar el supuesto de la narcoinsurgencia.

El uso de ese término no deja de ser tendencioso. Cuando se habla de insurgencia, el Derecho Internacional autoriza que se reconozca a sus participantes el estatuto de “fuerza beligerante”. A tal grado llega la confusión rigurosamente prefabricada.

Un balance de esas devastadoras operaciones bélicas menos tratado por los medios de comunicación nacionales, es el de las víctimas militares, tanto del Ejército, en mayor proporción, como de la Marina Armada de México.

En cambio, esos mismos medios reproducen en primeros planos de su información los reportes del Departamento de Estado (USA) sobre Derechos Humanos en el mundo y reportajes de las más influyentes publicaciones norteamericanas, que invariablemente se pronuncian en condena a las Fuerzas Armadas mexicanas.

Mil 42 agresiones contra partidas militares

Tracemos un primer escenario de acciones contra las Fuerzas Armadas: Tamaulipas, Veracruz, Coahuila y Campeche, los estados con mayor incidencia, con extensión a Michoacán y Jalisco.

Sus perpetradores, listados en el siguiente orden por fuentes oficiales: El Cártel del Golfo, los Zetas, la extinta Familia Michoacana, Los caballeros templarios y Jalisco Nueva Generación.

Un dato histórico reciente como punto de partida en el contexto descrito: Mil 42 agresiones contra partidas militares.

En 2013, contra cuerpos del Ejército, se consumaron 482 ataques. En lo que va de 2016, 99. En sentido inverso a la frecuencia de esos ataques, el número de víctimas se ha incrementado. Hablamos de las víctimas mortales.

En ese mismo periodo, contingentes de la Armada de México habrían sufrido 87 agresiones, una por semana en promedio, si bien a junio de 2014 las bajas mortales sólo sumaron diez.

Para ilustrar el cuadro, sólo citaremos dos sucesos: El de mayo de 2015 en que, en Jalisco, fue derribado un helicóptero en el que viajaban ocho soldados y un policía federal; todos muertos.

Del más reciente, no acaba de secarse la tinta de la narrativa: El de Sinaloa, con cinco soldados muertos.

Los gobernadores eluden su responsabilidad

No se trata, sin embargo, del solo cómputo que habla por sí mismo y condensa la dimensión de una crisis sin solución de continuidad.

Un día sí, y otro también, los gobiernos de los estados, ora del Estado de México, recurrentemente el de Guerrero, etcétera, emplazan al gobierno de la República con el pedido de más Ejército en sus territorios, donde los mandatarios no han sido capaces de depurar sus propios aparatos policiales, plagados de corrupción, y darles capacitación eficiente a los nuevos reclutamientos.

Éramos muchos y parió la abuela: Los doce gobernadores entrantes, antes de programar políticas socioeconómicas para reconstruir el tejido social y salir al paso a la creciente criminalidad, lo primero que están haciendo es exigir a la Secretaría de Gobernación, cabeza de sector del Gabinete de Seguridad Nacional, más contingentes militares.

Tangible desgaste del Ejército

“Estamos trabajando en todo el país, en toda hora, en todo momento, en la sierra, en las ciudades”, declaró apenas el pasado 18 de octubre en la Ciudad de México, el general secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos Zepeda, para concluir: Obviamente, “hay desgaste en el Ejército”.

Si el general Cienfuegos Zepeda quiso referirse al desgaste físico de tropa y mandos, por el tono irritado que empleó resulta perceptible que también el desgaste alcanza la paciencia.

No es, el tema aquí tratado, mera recapitulación de hechos, cuyo registro dicen mucho, pero no reflejan otras aviesas intencionalidades de orden político.

Aviesas incitaciones al golpismo

En círculos académicos, cuyas investigaciones y análisis se fundan en la responsabilidad científica, pero también en los corrillos de café y cantina; aquéllos, con prudente discreción; éstas, por mera insidia, están corriendo la voz sobre la eventualidad de un golpe de Estado.

No es cosa de echar en saco roto ese tipo de especulaciones. No es pertinente porque, desde Washington, la agenda latinoamericana en países deliberadamente seleccionados está marcada por un renovado aliento al golpismo.

Precisa es la acotación: Particularmente en países de América del Sur, se reconoce la categoría de Ejército de castas, al servicio, pues, de las oligarquías nativas, súbditas voluntarias de la Casa Blanca.

Todavía hasta hace poco tiempo, en el discurso público se decía del Ejército mexicano, que es el pueblo en armas, dada su procedencia de un movimiento popular revolucionario.

Del 68 a 2016 los tiempos han cambiado

Aun en episodios tan erizados como el de 1968, siendo titular de la Secretaría de la Defensa el general Marcelino García Barragán, según lo reveló después el propio militar jalisciense, hubo tentativas incitando al Ejército al golpe de Estado; por supuesto, fallidas.

Pero las circunstancias del 68 o las de 1994, año del levantamiento zapatistas, no se comparan con las que cruza el México de 2016. No obstante, las Fuerzas Armadas siguen demostrando su acerada y patriótica lealtad institucional.

La paciencia, dijimos líneas antes, también se agota y nadie está exento de buscar salidas fuera de los patrones de conducta establecidos.

Todas las horas hieren, la última es la que mata

Si las especulaciones golpistas, a las que nos referimos antes, tienen alguna explicación, por muy absurda que parezca, la tienen en la tensa perspectiva de la sucesión presidencial de 2018, en que sobran los pescadores a río revuelto. Éstos galopan ya como manada acéfala.

En otros temas menos explosivos, hemos recordado una oración leída en la base de un antiguo reloj europeo: Todas las horas hieren, la última es la que mata.

También solemos repetir una frase del viejo sabio don Jesús Reyes Heroles: En política, hay que transitar con sonda en mano.

Dicho en buen cristiano, hay que alumbrar sobre las acechanzas para exorcizar tanto demonio que anda suelto, pellizcándole los testículos al tigre. Es cuanto.