¿Por qué gobernantes del PRI odian la Universidad Pública?

Memorias al fuego de un vivac

Andamos en los entornos de la Plaza de la Ciudadela de la Ciudad de México. Por descontados damos los muy conocidos sucesos de hace poco más de un siglo, que culminaron con el cuartelazo de Victoriano Huerta.

Si acaso, nos incita, a propósito de generales, la memoria de José Hernández Toledo, todo un comandante de fusileros. Para una denominación más familiar, de paracaidistas.

Los jóvenes que se solazan en los jardines de esa plaza -comentan los pormenores del Congreso Nacional Politécnico- no recuerdan la generación vocacional (planteles 2 y 5) que en 1968 le puso el cascabel al gato. Generación a la que pertenecieron intrépidos, casi adolescentes, sinaloenses.

¿Conocen esos jóvenes los nombres de Antonio Nava Castillo, Gonzalo Bautista O’Farril, Agustín Arriaga Rivera, Luis Encinas Johnson, Manuel M. Mora, Eduardo A. Elizondo Lozano, Alfonso Martínez Domínguez, Alfredo Valdez Montoya, Rubén Figueroa Figueroa…?

¿Quiénes? La única identidad que les damos, es que todos los nombrados fueron gobernantes priistas, actores en trágicos episodios de represión contra movimientos universitarios. En algunas de esas acciones, el operador fue el memorable general José Hernández Toledo.

A Sinaloa, el jefe de paracaidistas le daría un segundo repaso. Ahora como comandante en jefe de la Operación Cóndor que en 1975-1976 auspició la restructuración e institucionalización de los “cárteles de la droga”; no más bandas de mariguaneros o gomeros.

La matanza de Topilejo

De ser historia, este relato tendría que arrancar al inicio de los años 30 del siglo XX, en que la fallida campaña presidencial del ex rector de la Universidad Nacional de México y primer secretario de Educación Pública de los regímenes revolucionarios, José Vasconcelos, tuvo como expresión trágica La matanza de Topilejo; jóvenes universitarios la mayoría de las víctimas.

Diez años después, en la Ciudad de México, el gobierno del “Presidente Caballero” general Manuel Ávila Camacho, inauguraría su mandato (1942-1943) con una feroz ofensiva, según sus detractores, para acabar con los centros de enseñanza para hijos de trabajadores, empezando por el Instituto Politécnico Nacional (IPN), creados por el general Lázaro Cárdenas del Río-Ingeniero Juan de Dios Bátiz.

A vuelta de la década, 1949-1952-1956, el Poli sería de nuevo escenario de operaciones del ejército contra la comunidad activa en el viejo Casco de Santo Tomás. Ávila Camacho, Miguel Alemán Valdés y Adolfo Ruiz Cortines; estos dos últimos primeros presidentes abanderados por el PRI.

El FUA-MURO: Los pistoleros de Dios

Para efecto de esta crónica, conviene dar el salto al sexenio del poblano Gustavo Díaz Ordaz. Un cuadrante a manera de ilustración: Irrumpe en México el impacto de la Revolución Cubana.

En la Universidad Autónoma de Puebla, en el edificio Carolino específicamente, identidad que se dieron simpatizantes de Fidel Castro y El Che Guevara, se observa una militante efervescencia. A dos cuadras del plantel, oficia y conspira el Arzobispo Octaviano Márquez y Toriz. No le agradan Los Carolinos rojos.

Los Carolinos se insertan en los movimientos de la sociedad civil. El general Nava Castillo pierde el control de la situación y el poder. En economía de calendarios, ubiquémonos ya en la gestión de Bautista O’Farril. Ya está constituido el Frente Universitario Anticomunista (FUA), padre en línea directa del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), que toma como teatro de guerra los campus de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Se exacerba en Puebla la cacería de estudiantes y docentes. No es corta la lista de ejecutados. Si alguna estampa del ambiente que se vive en Puebla, azuzado por el clero político, podríamos remitirnos al linchamiento de jóvenes universitarios, tan bien exhibido en los expedientes de Canoa, llevados a las pantallas de cine, burlando la censura del Estado.

En Guerrero, la fundación del Movimiento Revolucionario del Magisterio serviría para marcar los antecedentes del actual drama de los 43 de Ayotzinapa, pero desde los sesenta hay hervores en la Universidad Autónoma de Guerrero, donde las huellas del salvaje gobernador Rubén Figueroa Figueroa están, literalmente tatuadas a fuego.

Donde Echeverría guardó un minuto de silencio

Pero es la extensión de la unidad geográfica la que nos da más elementos para este testimonio (testimonio periodístico de primera mano): En la división del trabajo, la ultraderecha religiosa en Michoacán es encarnada por la Unión Nacional Sinarquista (USN), donde se han formado las milicias del espíritu.

Decir que la UNS se fundó en León, Guanajuato, es cosa sabida. Menos sabida es que la rectoría de la universidad de ese estado fue cooptada por los sinarquistas, ya comandados por Salvador Abascal Infante. Ahí en León, matanza electoral atribuida al partido del gobierno. Todavía el PAN sostiene esa tesis.

Los sinarquistas, pues, se lanzan en 1961 al asalto de la Universidad Nicolaíta, cuando su rectoría está a cargo del eminente científico Eli de Gortari. Un ensayo del gran acto.

Con el gobernador Agustín Arriaga Rivera se monta la gran operación. Andan por ahí los jóvenes militantes de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED). Sus dirigentes más conspicuos son Rafael Aguilar Talamantes y Efrén Capiz.

La Nicolaíta tiene su primer 2 de octubre en 1966. Ahí hace su debut el general Hernández Toledo. Pasa la agenda de esa comunidad por la Marcha de la Libertad, desde Dolores Hidalgo, Guanajuato.

Después del segundo 2 de octubre de 1988, a su paso por Morelia, en el patio central de dicha institución, en diciembre de 1969 Luis Echeverría es obligado por sus anfitriones a guardar un minuto de silencio por los caídos en el 68 y antes en otros puntos del país.

Con dedicatoria a Manlio Fabio Beltrones Rivera y a Jesús El tragabalas Zambrano Grijalva (el primero ausente y el segundo presumiendo de un activismo que nadie le vio), vamos al registro de 1967 en Sonora.

La Ola Verde en Sonora

La sucesión de Luis Encinas Johnson es noche de los cuchillos largos entre dos aspirantes priistas: Fausto Acosta Romo y Faustino Félix Serna. En mayo de ese año, Hermosillo se iluminado de día con las explosiones de bombas molotov. El dirigente nacional del PRI, Lauro Ortega Martínez sale huyendo y deja la víbora chillando.

Félix Serna arma sus pelotones, cuyos sombreros los identifican como La Ola Verde. Todavía hay padres de familia pensando si los cadáveres de sus hijos permanecen en los lechos de las presas sonorenses.

La comunidad universitaria, la estudiantil sobre todo, liderada por Hilario Valenzuela toma parte en la contienda electoral. Félix Serna se alza con el botín. Sigue la resistencia popular. Encinas Johnson pide al centro tropa. Ahí está de nuevo el general Hernández Toledo.

Cambio de cuadrante. Hay inquietud entre universitario de Tamaulipas; en Durango los jóvenes demandan la nacionalización del Cerro del Mercado (feudo de los oligarcas de Nuevo León). El priista Alejandro Páez, para variar, pide tropa al centro. En Chihuahua, la sublevación es en Agronomía (de la UACH) y la privada Hermanos Escobar (en ésta, por cierto, estudió Renato Vega Alvarado).

No son movimientos menores, pero la atención se dirige hacia la Universidad Benito Juárez, Autónoma de Tabasco. El priista Mora no puede con el paquete. Pide a Díaz Ordaz tropa. Allá van los paracaidistas al mando de Hernández Toledo. Nunca se sabrá cuantos cadáveres arrastró el Río Grijalva.

El turno es de Nuevo León. Gobierna el priista Elizondo Lozano. Fuerza la imposición de una nueva Ley Orgánica. Cae el gobernador. Echeverría manda como suplente al locutor priista Marcelino Farías.

Ha pasado el 68, en que las armas del general Hernández Toledo se cubrieron nuevamente de gloria. Llega el 71: La marejada levantada en Nuevo León llega a costas de la Ciudad de México. Basta un juego de futbol americano de plebes, en La Ciudadela, para que la llama se encienda. Ahí andan algunos paisanos.

El 10 de junio de ese año, el fuego llega al Casco de Santo Tomás: El regente del DF entrena y estrena a sus halcones. Luego dice que los muertos fueron consecuencia del choque entre “grupos antagónicos”. En vías de mientras, Echeverría lo corre.

Vítores y porras para mi general Hernández Toledo

Las vibraciones se extienden a Sinaloa, calientes aún algunos ánimos de las luchas del 66. El Valle de Culiacán arde. Valdés Montoya declara estar harto de enfermos, pescados y otras especies. Habla con Echeverría: El Presidente manda a Hernández Toledo y sus paracaidistas.

¡Qué día aquel! El gobernador en el balcón de Palacio de Gobierno en la Avenida Obregón. Ahí están los banqueros, los comerciantes, los de la oligarquía rural y, desde luego, los dirigentes del PRI. Qué tranquilidad en sus semblantes.

Para el 10 de junio faltan unas cuantas horas. Para el 22 de julio (despertar de La Ciudadela), unos día más. Por territorio politécnico cabalga iracundo el secretario de Educación y delfín de Peña Nieto, Aurelio Nuño Mayer, egresado de la Universidad Iberoamericana.

Siempre anda la derecha metiendo sus narices en la Universidad Pública. ¿Quieren otro 68 en 2018? ¡Cuidado! No hay que pellizcarle los güevos al tigre! Las líneas de este tema, son testimonio de primera mano del autor. Es cuanto.