Academia y política no son excluyentes

Uno de los grandes constructores del México moderno fue el ingeniero Javier Barros Sierra. Sinaloa lo recuerda porque en 1961 acompañó al presidente Adolfo López Mateos en la inauguración del monumental Ferrocarril Chihuahua-Pacífico.

Barros Sierra era entonces secretario de Comunicaciones y Transportes. Al asumir este encargo, renunció a su condición de accionista del corporativo privado Ingenieros Civiles Asociados (ICA) para no incurrir en conflicto de interés. Rara avis.

Al terminar su gestión en la SCT, pasó a la dirección general del Instituto Mexicano del Petróleo, de donde la Junta de Gobierno de la UNAM lo rescató nombrándolo rector, cargo que dignificó en 1968 convertido en adalid en defensa de la autonomía universitaria y de la juventud toda.

Javier Barros Sierra es ejemplo de que el participar en el gobierno no riñe de la misión universitaria -hacer política, pues-, si ambos ejercicios se desempeñan con profesionalismo, eficacia y, sobre todo, con honestidad intelectual. Todavía, en 2015 se rindió tributo nacional a su memoria y su obra.

Tres décadas antes, Manuel Gómez Morín, que había puesto su talento al servicio de la función gubernamental en pleno periodo postrevolucionario, al reconocerse la autonomía universitaria, en 1933 fue primer rector de la UNAM. Seis años después fundó el Partido Acción Nacional (PAN).

Existe un proceso de retroalimentación entre la UNAM, representativa por antonomasia de la Universidad Pública mexicana y el Estado del que forma parte. El expediente puede hacer veraz el verso de que hay aves que cruzan el pantano y no se manchan.

Sin hacer abstracción de la calidad que a cada sexenio imprima cada Presidente, el rectorado de la UNAM sigue siendo una institución cuya respetabilidad y calidad es reconocida universalmente.

El turno de Guillermo Soberón Avecedo

Cuatro años después del digno rectorado de Barrios Sierra, en 1972 asumió esa misión el doctor Guillermo Soberón Acevedo, quien frenó el ciclo de inestabilidad que se hizo visible con el violento ataque, primero, a la gestión del doctor Carlos Chávez, y más tarde a la de Pablo González Casanova.

Soberón Acevedo logró la confianza de la Junta de Gobierno que lo nominó para un segundo mandato. Al concluir éste, ingresó en el Colegio Nacional con la ponencia El sentido de la Universidad.

Fue el primer ex rector de la UNAM al que se le confió la Secretaría de Salud, desde cuya titularidad promovió el cambio estructural del Sector Salud.

Si vale el dato, Soberón Acevedo dio impulso político a una nueva generación que ya despuntaba en la tarea académica. El mazatleco Diego Valadés formó parte de esa batería de jóvenes prospectos. El porteño incursionó también en el sector público, pero su plataforma hasta nuestros días es el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la propia UNAM, desde donde pone su trabajo editorial en medios de Comunicación convencionales al servicio de la defensa de la Constitución.

En su equipo, Soberón Acevedo contó también con un paisano y brillante universitario: El malogrado José Francisco Ruiz Massieu, quien luego transitaría por tricolor ruta partidista que en 1994 lo llevó a la LVI Legislatura federal de la que la bancada priista lo hizo coordinador, cargo que lo prefiguraba como potencial aspirante a la Presidencia de México en 2000. Fue asesinado el 28 de septiembre de ese año, seis meses después de la ejecución de Luis Donaldo Colosio.

Carpizo y De la Fuente

Del mismo grupo soberoniano fue el constitucionalista Jorge Carpizo quien, después de pasar por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, la Procuraduría General de la República y la Secretaría de Gobernación, alcanzó la rectoría de la UNAM.

Carpizo arrancó su rectorado con una profunda revisión de “fortalezas y debilidades” de la UNAM que, no obstante la turbulentas reacción del estudiantado (CEU), sentó las bases de la reforma universitaria.

Por su acreditada especialización en Ciencias Médicas, el doctor José Luis de la Fuente fue reclutado para hacerse cargo de la Secretaría de Salud. Su gestión pública no le impidió ser nominado después rector de la UNAM, donde su espíritu conciliador logró normalizar la actividad en el campus. Incluso, al menos en dos sucesiones presidenciales, su nombre ha aparecido como precandidato.

Su experiencia y probidad le hacen fuente de asesoría, por ejemplo, en el tema de la regulación del uso de la mariguana y más recientemente en el grupo de consulta para la definición jurídica del régimen político de la Ciudad de México.

La hora de José Narro

Dos periodos cumplió también en la rectoría de la UNAM el doctor José Narro, agente clave en la modernización institucional de la Máxima Casa de Estudios. Ahora ha sido responsabilizado de la conducción de la política de Salud, en sustitución de la doctora Mercedes Juan.

Dos interrogantes preliminares podemos rescatar de esa recapitulación: Primera, ¿quién opta por refugiarse en la torre de marfil académica para no exponerse a los avatares de la política por temor a sus impurezas, ahí donde se requieren, precisamente, talentos probados y honestos?

Segunda: ¿Llegará el día en que un rector universitario pase por la prueba del ácido del ejercicio del poder presidencial? Llegará el día. Es cuanto.