¿Ladran, Sancho? ¡Entonces cabalgamos!

Del oficio periodísticos y otras leyendas (algunas negras)

Un virus recorre México: El virus del burococo. El burococo es más mortal que la kriptonita: Todo lo invade, todo lo corrompe, todo lo destruye. El burococo tecnocrático -“el hombre masa”, la llamaría Ortega y Gasset- conduce a la extinción del Estado mexicano.

Desde el siglo XIX se acuñó el término empleomanía. No había de otra: El sistema de castas -ahora se le denominaría darwinismo social– bloqueaba la capilaridad laboral y profesional.

Para el siglo XX, después de la Revolución, el mercado laboral se definió entre profesiones y oficios, y, en una tercera categoría, el empleado; es el empleado público el portador y trasmisor del burococo.

José Rubén Romero describía la mentalidad de la familia “de posibles” en una sociedad cerrada. Entre los hijos varones no había elección: Al menos uno sería formado en la abogacía para defender a la familia de techo para abajo; y un sacerdote, para defender a la familia de techo para arriba. Antes de que el clásico lo dijera, era la división del trabajo.

Al tomar por asalto la Administración Pública, la tecnocracia, que blasonaba la selección “por excelencia”, para quedarse con el santo y la limosna impuso la marca de la casa personificada en la Secretaría de Programación y Presupuesto por Salinas Recortari.

Compulsivamente, se impuso el retiro “voluntario” en el sector público y se desencadenó el desclasamiento de clases medias y altas. Desde entonces, al grito de ¡Empléate a ti mismo! vemos el siguiente fenómeno: Abogados-taxistas, médicos-dependientes de alguna tienda departamental, ingenieros-vendedores por la Internet, etcétera.

Todos ellos, titulados en alguna universidad, pasaron al territorio de lo que los tecnócratas etiquetan como Economía negra, caracterizada por el ambulantaje, la evasión fiscal y la falta de Seguridad Social.

Antaño, se decía que la política era el refugio de los “destripados” en alguna carrera profesional. Verbigracia: Vicente Fox. Para esa categoría se inventó el neologismo de sabelotodo.

Algo semejante ha contaminado el oficio periodístico. Hasta la época del desarrollo estabilizador, después desarrollo “compartido”, la nómina de publicaciones impresas -Prensa, era el santo y seña- codificaba al personal entre reporteros, redactores, cronistas, entrevistadores correctores, a los que genéricamente se les asignaba el rango de periodistas. Algo de heroísmo tenía el oficio.

Categoría respetable fue la de los opinantes. Algunos formados en las propias redacciones escogidos por su experiencia y meritocracia. Excepcionalmente, los consejos editoriales acogían por invitación a opinantes acreditados por su cultura y su especialidad en alguna disciplina científica o técnica.

Ahora, los medios de “Comunicación” se han plagado de los sedicentes “líderes de opinión”. Líderes, no faltaba más, que pocas veces tienen compromiso con las instituciones editoriales que les dan espacio y tiempo, y sí mucho, mucho compromiso con intereses político-partidarios, mercantiles, religiosos, etcétera.

Como a alguien se le ocurrió fabricar la especie del Fin de las Ideologías y aun de la Historia, no pocos “líderes de opinión” son en realidad simulados vectores de doctrinas, muchas veces extralógicas respecto de la cultura nacional, para difundir y defender designios “a la carta”. Son, pues, simples mercenarios.

El fenómeno es común, especialmente desde se usurpó la propiedad comunal de los medios impresos por la propiedad empresarial particular, tanto en la metrópoli como en la Provincia, dicho el término sin sentido peyorativo.

Ahora, muchos de esos especímenes suplantan a los periodistas, que se enorgullecían de presentarse como meros practicantes del oficio periodístico, pues el empirismo no avergüenza a nadie. Tienen, aquellos, títulos académicos hasta de posgrados, y no faltan quienes, en verdad, los honren.

Pero, en tratándose de “destripados”, como suele ocurrir en la política, sobran aquellos “periodistas” que “no la hicieron” en su profesión y su primera tentativa de subsistencia la acometen en la burocracia, así pública como privada.

Cuando pierden “los placeres vicarios” consustanciales al burococo se enquistan en los medios de comunicación y, en los cafés y las piqueras, pasean su inane arrogancia como meros-meros, “líderes de opinión”, aunque no sean más que simples bocas de ganso de terceros.

Cuando, hace dos años, en la Ciudad de México se nos invitó a participar en la iniciativa de Proyecto 3 Voces que rompen el silencio, a fuerza de ser sinceros, sin que fuera un condicionamiento insalvable, indagamos si tal era un esfuerzo de periodistas.

“No es que estemos rechinando de limpios”, acotamos, pero nuestra actividad no pasa por los mejores filtros y no está exenta del interés de francotiradores. A sabiendas de que un periódico no es obra samaritana, tenemos claro que un proyecto de esa naturaleza, que se pretende como servicio social, en la pluralidad encuentra el acierto pero también el riesgo de su degradación.

A fin de cuentas, el escrutinio que importa en el oficio periodístico es el del lector. Este es el sinodal que -como el sabio Salomón-, con su preferencia o rechazo, determina la supervivencia de una publicación impresa. Dicho en buen romance: Un periódico está sujeto al plebiscito; esto es, la aceptación o repulsa por la plebe.

Algo debe haber logrado en sus objetivos y fines Proyecto 3 que, sin ser monedita de oro, se aproxima ya al centenar de ediciones sin generar dependencia del subsidio público o de inconfesables donaciones privadas. Una publicación de lectores-colaboradores, por lectores y para lectores, ha producido, como dice la voz popular, roncha.

La lucha de los contrarios moderna se finca y desarrolla en la civilidad informada y participativa. En el campo que hemos cultivado, se da el barbecho y el rastrojo. El fruto está a la vista.

Obviamente, Proyecto3 irrumpió con éxito el universo social sinaloense, que algunos consideraban patrimonio exclusivo, como monopolio de la opinión pública. Pero competir en buena ley, no parece ser la vocación de quienes reducen la participación colectiva al puro interés crematístico o político.

Las empresas que, con toda legitimidad, pretendieron hacerse de la opinión pública para servir a fines político-electorales, están en su derecho. Donde el derecho no les asiste, es cuando pretende desplazar al competidor a la mala.

Se vincula, desde luego, a Proyecto 3 a todo tipo de auspicios de origen financiero o partidista en su sentido elemental: El electoral. ¿Es esto ilegal? Quien esté libre de culpa que arroje la primera piedra. Particularmente, se relaciona a Proyecto 3 con el Partido Sinaloense y en especial con la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Otorgando, sin conceder, ¿es esto ilegítimo?

Ilegítimo e ilegal, de comprobarse la especie, sería atribuir a nuestra publicación el aliento material o moral de intereses inconfesables de todos conocidos, porque son un secreto a voces.

Citamos a la UAS, porque algunos que se formaron en sus aulas y, bajo el síndrome del burococo, medran todavía en su Tesorería, incrustados ahora en espacios de publicaciones convencionales y convenencieras se arrogan la autoridad para atacar, por sistema, a Proyecto3 y sus presuntos benefactores.

Ni en el ejercicio periodístico ni en la política, es válido descalificar por descalificar al otro, apelando al simple sospechosismo. No es de bien nacidos tratar de desplazar al competidor marcando sus defectos y debilidades, en vez de ganar adeptos acreditando sus propios atributos.

No personalizaremos a nuestros detractores. No les haremos ese ansiado favor: Por sus obras los conoceréis. Los conoce el sinaloense medianamente informado.

Y no funcionarán sus instintos intimidatorios porque, cuando uno acomete la aventura periodística sabe que no es inmune al ataque desde la casa de enfrente.

Aunque está por verse si lo dijo de veras Don Quijote, nuestra respuesta es: ¿Ladran, Sancho? ¡Entonces cabalgamos! Pésele a quien le pese. Es cuanto.