Los fracasos de Heriberto Galindo

Pasado turbulento y presente místico

Heriberto Galindo Quinones es una caja de pandora. Guarda bajo candado su “secreto”, el origen y destino de la fortuna –rancho, restaurante y propiedades-, “esfumada”, sí, riqueza que le fue recogida dejándolo en la inopia económica, obligándolo a buscar un “ropaje espiritual” que escondiera su perfil ignoto.

De las principal “fuente de financiamiento” de la incipiente campaña de Ernesto Millán Escalante en pos de la candidatura del PRI, Heriberto no quiere acordarse, pues su plan es llegar pasteurizado y homogenizado a la disputa por la candidatura del PRI al gobierno de Sinaloa.

Se arropa en la oración, el cristianismo, el misticismo. Es su sino para ocultar pasados e intentar abrir mejores presentes.

El viejo sabio don Jesús Reyes Heroles -quien tuvo en Sinaloa un verdadero y único amigo: Ernesto Álvarez Nolasco, nadie más- era un incitador de la participación política de la juventud pero, frente al acelere de algunos efebos y rucos, atajaba: El elevador es para los viejos; para los jóvenes, las escaleras. No quemar etapas para el ascenso, dicho para que me entiendan.

Un joven de aquella época, el guamuchileño Heriberto Manuel Galindo Quiñones blofeaba, lo sigue haciendo hasta la fecha, de su cercanía con el pensador tuxpeño, pero es obvio que no escuchaba sus juiciosas recomendaciones. Quema lo que encuentra.

Así ocurrió el 4 de octubre de 1987, domingo para mas señas, fecha traumática para los inquietos trepadores inscritos en el ya caduco Chilorio power. Día que en nuestros lares costeros se advierte a los marineros como El cordonazo de San Francisco, éste pegó ciclónico en la altiplanicie mexicana sobre Insurgentes Norte 59, sede nacional del PRI.

Desde el día anterior, el presidente nacional del tricolor Jorge de la Vega Domínguez -nervioso por la inminente estampida de los militantes de la Corriente Democratizadora-, había sido instruido por el presidente Miguel de la Madrid para que, en sigilo, citara para la mañana dominical siguiente a la nomenclatura priista, cuya figura más prominente era el líder de la CTM, Fidel Velázquez Sánchez.

De boca en boca corrían ya los nombres puestos en pasarela: El hermano que nunca tuve, el ex gobernador del Estado de México y secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal (Semip) Alfredo del Mazo González, de quien fungía como jefe de prensa David López Gutiérrez.

Manuel Bartlett Díaz, secretario de Gobernación; Miguel González Avelar, secretario de Educación Pública; Pedro Ojeda Paullada, secretario de Pesca (en realidad, puesto de novio solo por segunda ocasión); Ramón Aguirre Velázquez, jefe del Departamento del Distrito Federal; Sergio García Ramírez, procurador general de Justicia… y Carlos Salinas de Gortari, secretario de Programación y Presupuesto.

Era el momento de la verdad: La cita concertada por De la Vega Domínguez tenía como móvil tumbar la capucha al tapado para la sucesión de De la Madrid en 1988.
Desde el anochecer sabatino, se sabía ya hacia dónde se había inclinado el fiel de la balanza (José López Portillo dixit) y era la hora de la disciplina partidaria.
Pero, en pleno suspenso destapatorio, los teléfonos de las redacciones de los principales diarios metropolitanos empezaron a resonar: ¡El bueno es… García Ramírez! La voz al otro lado de la línea era la de Heriberto Manuel Galindo Quiñones, todavía a esas horas cobrando como director general del Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA).
Uno de los llamados por Heriberto que se fue con la finta fue el columnista de El Universal, Juan Bustillos, quien logró que su sección fuera presentada en portada con el destape del procurador de Justicia, García Ramírez.

La madrugada del 4 de octubre de 1987 pregonaba ya el nombre verdadero: Carlos Salinas de Gortari.

No obstante, al amanecer dominical, un desvelado Alfredo del Mazo González recibía en su residencia privada en la Ciudad de México, acompañado de David López Gutiérrez, a algunos periodistas e insistía el mexiquense en el nombre de García Ramírez.

Esa tarde fue de espanto y agobio para los jóvenes turcos del Chilorio power. Con Galindo Quiñones y López Gutiérrez compartían su angustia Héctor Líe Verduzco, Héctor Morales, Pascual Cervantes, Alfonso Camacho… quienes todavía en el verano anterior soñaban que sus capitanes despacharían en alguna secretaría de Estado en el sexenio 1988-1994, muy cerca de Del Mazo González.
El lunes 5 de octubre, hasta la Bolsa Mexicana de Valores emitía su voto bursátil por Salinas de Gortari y el Índice de Precios y Cotizaciones se elevaba hasta las nubes. Sólo los sinaloenses nombrados, y algunos más, ahogaban sus pesares en disipaciones poco compensatorias.

Seis años después de aquel fatídico 4 de octubre de 1987, Heriberto Galindo Quiñones recuperaba el rubor de sus mejillas y su loco galope: ¡Ahora sí!, con Luis Donaldo Colosio “ya la hicimos”. El luto volvió el 23 de marzo de 1944, pero las donaciones para la campaña presidencial no fueron rembolsadas a sus emisores.

Corrió como reguero de pólvora, en el PRI Nacional y en el equipo de inteligencia de Ernesto Zedillo Ponce de León que a Heriberto le cobraron en especie: le recogieron ranchos, restaurantes y casas. Quedó en la ruina.

Y llegó el 2000 con la tragedia político-electoral de Francisco Buenaventura Labastida Ochoa, a cuyo fogón los chilorios habían arrimado su ansiosa sardina. ¡Qué sino!

Todavía sigue siendo válida la recomendación de Reyes Heroles: El elevador es para los viejos; para los jóvenes, las escaleras. Dicho para que me entiendan: La cumbre se alcanza por la vía del escalafón y la meritocracia. Y la prudencia, por supuesto.

Tenerlo presente para el ya cercano 2016 y para 2018. No se calienten granizos. Las primaveras no pasan en balde. No es lo mismo Alfredo del Mazo González que 28 años después.

Jamás será igual, pero aun así Heriberto Galindo insiste en elevarse como constructor de una nueva etapa democrática en Sinaloa, en cambiar y transformar su entidad, en ocultar sus fracasos y atropellos, y en intentar aparecer como un político pulcro, decente, sin tacha, cubierto por una aureola celestial.

No desaprovecha oportunidad para purificarse: El 27 de febrero del 2014, calificó como una vergüenza la marcha multitudinaria realizada un día anterior en Culiacán y Guamúchil a favor de Joaquín Guzmán Loera, tras su detención. “La marcha daña la imagen de Sinaloa, aplaudo se les haya permitido la manifestación, pero expreso mi dolor y mi pena por ese hecho: me da vergüenza”, enfatizó.

El elevador es para los viejos; para los jóvenes, las escaleras.

Álvaro Aragón Ayala

Conductor del programa de radio Ruta Mexico y analista politico en Radio UAS, Diario de Sinaloa y Director Ejecutivo de Proyecto 3.