Ludismo verboroso

(Desde un quietecito pendular)

Los vocablos a veces y a besos salen tronadores en jugueteo, se hablan o se leen con la inferencia de una sola palabra que abarca un mundanal de sentidos y vertederos; el albur chiquetea catador la exquisitez más rezagada; en filosofía la dialéctica parte de Sócrates, se estaciona en Hegel y con Marx reemprende bien enderezada la sintética caminata; en lo poético el incendio se amansa en las bendiciones de un rosal; en Polakia los maeses de La Grilla deshacen Ufemias del eufemismo sin cartitas pero con la falsedad excluida del miguelacevesmejiano falsete.

De Wilde a Wild y de salva a lo salvaje

El polígrafo irlandés Oscar Wilde se coludía festivo y esteta con el término pluriinferencial, con los significados que se apiñan en una sola palabrita, en Earnest, verbigracia (sí, de verbo agraciado) como en su comedia teatral The importance of being Earnest, que por acá tradujeron en La importancia de llamarse Ernesto; Earnest, en inglés, significa honesto, pero tiene el mismo sonido, casi la mismita homofonía con Ernest, Ernesto -también en tatachita güera-; en alemán ernst significa serio, severo y con su mayúscula vocal deviene nombre tan re-nombrado; en la trama oscariana Ernest (aquí sí sin la interpuesta a) o Ernesto resulta ser inventado por otro ser inventariado y real, fabulación y nomenclatura tratada asimismo por el novelista chileno Jenaro Prieto en El socio, con un Walter Davis de fabulación confabulada literalmente especulativa en las coludas trenzas y transas de la Bolsa; al propio apellido del escritor, Wilde, homófono con el wild: salvaje, lo han colocado en la picota de la chacota, en el sarcasmo de lo que se oye igual y se presta a lo desigual en el relajo o en el sarcasmo.

La befa bufa, embiste y desviste; más allá de apelativos, a Oscar Wilde el marqués de Queensberry lo acorralaba a topetazos de crudelísima ironía, furibundo el de la heráldica “nobleza” de que el autor se haya tornado -en huracán sentimental- novio de su hijo: Alfred Douglas, por ello asediaba al literato, lo tundía oralmente con ganchos al hígado que en marejadas le revolvían a la hiel; lo cruzaba con su reaccionaria diestra tan monárquicamente a la derecha; sapiente golpeo del marquesado, creador por cierto de las reglas del pugilato que en esencia subsisten: No pegar abajo del cinturón donde los críos se preludian, no dar cates en la nuca o golpes de conejo que reditan de Blas puro puré sin blasonada; zafarse del clinch que fue patentado sólo para la estrechada cachondez… En Inglaterra surgieron las normas que religiosamente debían obedecer los Mártires del Guamazo; a Londres encalló Jack Johnson, el primer campeón mundial negro de la historia, en su caso del campeonato de los completos, al vencer en los yunaites a un blanco de apellido ídem pero en inglés: Tommy White, huyó el afroamericano rumbo a lejanos confines tras las amenazas del Ku Klux Klan o de la triple K tan cacofónica y cacafónica.

Oscar Wilde, más encumbrado entonces que los senos sacramentales de la bellísima Iztaccíhuatl, desatendió asesorías de no demandar judicialmente a su jijijísimo suegro, al marqués tan remarcado, porque su caso se iría al cazo con la fritanga de su acusación, debido a la bajeza de la realeza, al conservadurismo de la sociedad británica, sin embargo, dio curso a la querella don Oscar y a lo wild Wilde perdió el litigio, con una desmesurada condena: ¡dos años de trabajo forzoso en prisión!; con un desierto de “amistades” en el espejismo de sus abrazos, tras el par de abriles cumpliditos en chirona, se fue a París, por allí lo vio el poeta español Antonio Machado, lo miró con la derrota interior en lo exógeno de una mueca asaz lastimada; moriría el dramaturgo en un modesto hotel francés en un anonimato pletórico de soledad.

De Virginia Woolf al lobero wolf de Hobbes

Con el casero apellido de doña Virginia (casero de casa y casada): Woolf que se escribe casi igual y se pronuncia igualito que lobo o wolf en shakesperiano palabreo… se han elaborado dizque juguetonas conjeturas, apelativos que aúllan sin requerir el alunado redondel; la más famosa travesura nominal se dio en teatro, con la obra de Albert Albee ¿Quién teme a Virginia Woolf? donde ninguna dramatúrgica conexión hay con la extraordinaria novelista, sólo la dual fónica connotación de nomenclatura que tanto coyotea en juego de palabras.

La escritora decidió hallar el fin en un acuático escondrijo, como lo encontraron Alfonsina Storni y Hart Crane, por nombrar dos creadores que localizaron su propio corolario velado, no novelado, velación y ocultamiento de mar o río, de linfas que ofician de litúrgico misterio; doña Virginia compaginó su quehacer literario con el editorial, junto a su marido Leonard Woolf, a través de publicaciones Hogarth en que por cierto chismes o revelaciones o re-velaciones, ya que de velar sin velas ni fragatas se topa el tópico, bisbisean que el matrimonio rechazó la publicación de Ulises, novelón de James Joyce, por parecerles de muchas hojas y poco contenido, aunque el mismito susurrar reinterpreta que se trataba de no imprimir el monólogo interior joyseano, porque la escritora ya tenía Las olas y para que no le hiciera ídem míster James… dieron el nones de tan simpar negativa a la odisea transcurrida en un día de más de 600 páginas; Ulises saldría publicada gracias al homérico respaldo de una dama que aportó pecuniaria la travesía que aún navega bajo un océano de miradas.

Virginia Woolf y su esposo pertenecían a un círculo autoral, entre quienes estaba Sigmund Freud, fundador del diván como asiento del cual fluía la catarsis en maremágnum de soliloquio; el padre de aquélla -Leslie Stephan- tuvo de primer suegro a William Thackeray, hacedor de novelas también, entre las que descuella la afamadísima La feria de las vanidades que según comenta Raísa Gorbachova en un biográfico relato, le recomendó Margaret Thatcher, cuando su cónyuge, el “perestroiko” Mijail Gorbachov desmontaba la Unión Soviética frente al montado regocijo de Reagan, Bush y CIA.

Letra de cambio sin deuda pero con miga no mitiga

En la centenaria puesta en escena de El mercader de Venecia, William Shakespeare recorre y recurre lúdico al nombre del protagonista: Shylock, de shy que entre sus definiciones está la vergüenza más imponente todavía en paradójica desvergüenza y lock en cuya interpretación cabe el cierre sin crema ni cremallera, por lo tanto y por lo tonto… Shylock es inferencia e injerencia de una desvergonzada cerrazón.

Los rumbos hacia el desarrollo medular de algo, de una actividad fundamental en el sostén de la vida… suelen impeler a empujones de imponderables, de lo circunstancial tan ortegagassetiano; eso le acaeció a Samuel Richardson, impresor inglés dieciochesco, dedicado a la hechura de tarjetitas de presentación, convites a bodas, anuncios de publicidad… una tardecita sin agobios laborales, resuelve iniciar un manual de su cosecha destinado a secretarias y otros empleados de oficina, para la correcta redacción de cartas y circulares, sin embargo, en el transcurso de las semanas, el librito de ejercicios se insufló compaginado, en lugar del didáctico carteo le sale un diario con todo y personaje: Pamela que no es secretaria sino trabajadora doméstica, y titular aumenta Pamela o la virtud recompensada, en el debut que críticos le otorgan de pergeñar primerito la novela epistolar.

Y Pamela… en caliente el éxito sazona, bestseller al instante con ventas superiores a la exposición de picosísimos chilaquiles ofertados a la laica cruz de Apóstoles del Sotol; la figura estelar, una chica de sinuosidades que harían humedecer al faquir en su lecho de clavos de repente tan oxidados, se desempeña de sirvienta en la casona de un noble de harto pedigrí, quien pretende de aquélla una pujante horizontalidad.

Pero Pamelita no cede, no entrega el tesorito que la docta Laura León tan filosóficamente disertó en tarareo, y ese femenino resistir tuvo su recompensa: de ama de llaves pasó a dueña de las cerraduras y dueña de las quincenas, al matrimoniarse con el patrón que sólo así consiguió se le acompañara hacia las rechinadoras rutas del colchón.

Pamela… no a todos agradó, el novelista contemporáneo de don Samuel, Henry Fielding, muy citado y re-citado por Las aventuras de Tom Jones tan cachondísimas en su bienaventurado deambular… parodió, un auténtico paro dio al cucharón tan casto de míster Richardson, al novelar Shamela, en ultrasarcástica contrapamelada, Shamela, en parangón del Shylock usurero, de plerematema, de puritita raíz pues, procede de shame, otra vertiente de la güegüencha tan cínica que ni bacinica usa para menesteres de íntimo desembarcar.

Shamela es antípoda de Pamela, exactamente lo opuesto de ésta, aunque aquélla también se dedique a servir en hogar ajeno; el patrón es igualmente pudiente mas pudoroso aquí: rechaza cual doncel acorralado las encueradotas insinuaciones de su mucama cuya sacrílega perversidad llegó al grado degradado de mostrarle un senote sagrado con las demoniacas intenciones de provocarle una lactante sed extemporánea, o lengüeteándose los labios con sabrosa lentitud de pornografía, o sin ninguna clase de recato ensortijando juguetona su bosquecito de prodigiosa oscuridad, incitándolo a la más deliciosa, acuática y apaciguada inmolación: ¿No quieres morir en paz?, ¿no quieres morir en pez?…

Pamela empero imperó pleonásticamente reinante en sucesión de narraciones, con la almeja moraleja de que la virtú reciproca la batalla moral de no caer en los ensordecedores chirriares del catre, el ejemplo más triunfal es María Isabel, de Yolanda Vargas Dulché, millones de ventas en incuantificables cuentos, en telenovela con rating de mirares en cardumen, con película más vista que un bisté en los husmeares al alambre y al hambre.

Samuel Richardson se picó enjambrado con la recepción tumultuaria de su obra e hizo otra, más grande aún en extensión y literaria tensión y pretensión: Clarissa ¡de más de dos mil páginas!, la cual, asimismo, voló en miríadas de manos compradoras.

Y prosiguiendo con vuelos y voladas en la gramatical juguetería… El vuelo del águila es una frase que le adjudican a la esposa de “mesié” Morny ½ carnalito de Napoleón III, dama que retomó bien tomada la expresión aquélla de un retorno aparentemente triunfal de Napoleón, tío de Napoleón III a quien Víctor Hugo re-nombrara “Le Petit” o alias “El Chiquito” sin relación alguna con pecaminosas analogías del sacrílego pequeñín.

La señora aludida utilizó El vuelo del águila, esto es, Le vol de l’aigle, con la connotación para nada oculta de vol que en su lengua tan inferencial y juguetona también significa robo; la consorte del señor Morny tan sólo lingüísticamente jugueteaba con el abecedario, se trataba de puro vacilón letrado, pues su cónyuge era socio de Jean Jecker, el de los bonos más hediondos que abono de mamut que le sembró al “gobierno” de diarreicas comillas del antijuarismo.

El vuelo del águila, en otra vertiente que tiente al ver, fue un serial lanzado por Televisa en una de las añejas estratagemas de colar la figura de Porfirio Díaz sin mácula de hollín dictatorial, lo mismo que otros desde José Elguero no cejan cejudos en incluir a su emperador Iturbide en el santoral de la heroicidá en estampita y en estampida, o a Cortés del que muchos oradores de oración empedrada ruegan por su estatua, o a Maximiliano quieren reivindicar de a barbas, o a Santa Anna al cual virreyes de hogaño al estilo destilado de Fidel Herrera se desaguan en florilegios sin jardín pero con baba…

El lenguaje nunca se hace guaje, la luenga lengua pluraliza diversos sembradíos de una mismita raíz apalabrada, en la rozada rosada hay un solitario aroma herido que como güiro ralla la homofonía, de hacer a ser Hamlet supo lo que la duda crucifica con alcayatas de interrogación (no hay más que rascarse el pensamiento en la idea de una flor con urticaria). pinopaez76@yahoo.com.mx